lunes, 15 de agosto de 2016

Nacionalcansinismo


El nacionalismo me produce repelús. Siempre he sentido una aversión instintiva e instantánea por todo esa ensalada de banderas, himnos, coros, danzas y rituales patrióticos que tanto conmueven al común de los mortales y que no ignoro que los señores de todas las épocas han utilizado como señuelo para enviar a la plebe a agonizar en trincheras llenas de mierda al servicio de causas que, con contadas excepciones, nunca han tenido nada que ver con la vida cotidiana del pueblo.

Supongo que esa repulsión debe ser una derivada de mi poco disimulada y -a lo que  parece incurable- asocialidad, que me hace recelar de forma instintiva de todo tipo de colectivos que agrupen a más de cinco personas y en general de todos aquellos sujetos que necesiten ponerse camisetas de colores para reconocerse unos a otros, aunque se trate de inocentes aficionados a la papiroflexia o de pertinaces recolectores de arándanos.

Por eso me disgustan las olimpiadas. Porque bajo la retórica de la fraternidad internacional lo que se esconde es una exaltación vergonzosa de los más bajos sentimientos nacionales, que queda de manifiesto, sin ir más lejos, en las sonrojantes informaciones de los telediarios, que se dedican únicamente a reseñar las contadísimas hazañas de los héroes patrios y que dejan en un segundo plano todo lo demás.

Soy del Barcelona (ya lo he contado más de una vez, para llevarle la contraria a mi padre, que era del Madrid). Pero nunca he tenido una camiseta del barsa ni una bandera ni un pin ni nada de nada. Fui, hace ya muchos años, unas cuantas veces al campo porque los porteros del barrio de Pedralbes en el que trabajaba de cartero me prestaban las tarjetas de socio de los señoritos del barrio, que estaban muy ocupados estudiando en el extranjero, y de esas visitas lo único que saqué en claro fue que asistir a los espectáculos deportivos en directo no era lo mío porque la emoción del evento no compensa el manantial de tonterías que hay que soportar cuando se está en una grada rodeado de palurdos y enfermos mentales con la que no iría ni a recoger oro a puñados. 

Como esto del nacionalismo es una enfermedad contagiosa de la que no se salva nadie para la Televisión Española los medallistas nacidos por estos lares son españoles, para TV3 catalanes, baleares o castellanos (lo que sea menos españoles) y supongo que para la televisión local de Mallorca Nadal será mallorquín y para Radio Manacor, Manacorí. Sólo falta el presidente de la comunidad de vecinos reclamando para si su porción del éxito y proponiendo una derrama para la celebración. Una cosa agotadora y patética a partes iguales.

PD. A mi me encanta Mo Farad, el ganador de los 5.000 y los 10.000 metros, un muchacho más negro que la noche más oscura, que pesa menos que una loncha de jamón ibérico, que nació en Somalia y emigró de niño al Reino Unido y que ahora corre como ciudadano británico aplicando el principio de que cada uno debería ser de donde le de la real gana. Un individuo que se desplaza casi sin pisar el suelo, como si flotara, tan rápido que cada vez que le veo, a mi, que no corro ni aunque me persiga un oso con depravados instintos sexuales, se me agita la respiración y tengo que ir a la nevera a beber algo porque me entra sed. Y me gusta Nadal, que es un luchador de primera, pero no me dio pena que perdiera con Del Potro, porque es un argentino grandote que me cae bien, porque casi siempre anda medio lesionado y porque tiene más clase en su brazo derecho que toda la junta directiva del Partido Popular en pleno.



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