lunes, 12 de septiembre de 2016

Nadar a contracorriente



Desde hace unos cuantos años cada once de septiembre cientos de miles de catalanes se disfrazan de indio apache cuatribarrado (pinturas de guerra faciales incluidas), recogen al perro, al primo segundo adoptado y a la abuela andaluza llena de buenas intenciones, que lo que más quiere en este mundo es a sus nietos y que en cada comida familiar ha sido sometida a un lento lavado de cerebro a base de tópicos sonrojantes adobados con mentiras indigeribles y silogismos de opereta y, hala, a la calle a hacer patria estelada en mano (los más originales se llevan la caña de pescar para conseguir que la bandera cubana ondee bien alto).

Como se trata de una variante laica de la fe religiosa razonar con los susodichos resulta tan factible como discutir de geometría euclidiana con un cochinillo de indias. Hasta ahí la cosa no sería grave sino fuera porque ese simulacro de doctrina política amenaza con convertirse en un peligroso mecanismo de exclusión social. Les contaré una anécdota que tiene el valor que tiene -el de anécdota y nada más- pero que es real como la vida misma. Ayer por la noche un amigo me comentaba que de sus numerosos contactos de whatsapp sólo cuatro (de los cuales uno soy yo) saben que NO es independentista.

El amigo en cuestión es funcionario de la Generalitat y, para más detalles, natural de Girona. Sin embargo, si hiciera públicas sus muy respetables ideas políticas en su trabajo tendría graves problemas de toda índole, así que se cuida mucho de disimular y procura hacerse pasar por un fiel mas. Por la cuenta que le trae. Los problemas se los causarían, por cierto, los mismos que salen a la calle y se llenan la boca de democracia y de derecho a decidir que, como es bien sabido, es una metáfora del derecho a decidir aquello que unos cuantos ya han decidido que ha de ser decidido. 

También conozco, como no podía ser de otra forma, a varias compañeras -funcionarias del Estado en Cataluña como yo- que son independentistas. He de decir que no sufren por ello el menor reproche social ni laboral en un entorno (la Administración del Estado) que se supone hostil hacia sus ideas. Esta diferencia tiene una explicación sencilla pero ni mucho menos trivial: el independentismo aspira a convertirse en una forma de pensamiento único y, por tanto, necesita desplazar, marginar, estigmatizar y expulsar del terreno de juego cualquier forma de pensamiento que no comulgue con la rueda de molino del derecho a decidir. Es tal la fuerza de ese movimiento que el PSC (el PSOE catalán) en la tesitura de resistir o ceder a la fuerza gravitatoria soberanista ha quedado hecho trizas y Ada Colau y las variantes catalanas de Podemos no tienen más remedio que practicar el funambulismo político para no enfrentarse a campo abierto con un movimiento que a día de hoy se percibe como imbatible. 

Enfrente queda el PP (que también hizo algunos intentos de congraciarse con los nacionalistas y hasta de gobernar en Cataluña con ellos y que junto con el PSOE tiene una gran responsabilidad en todo lo que ahora sucede por estos lares) y Ciudadanos que tiene el mérito de ser el único partido que se atrevió a reivindicar, en el entorno más hostil posible y en el peor momento, que uno podía ser español y catalán a la vez sin avergonzarse. Y poco más... porque el resto de partidos se han ido sometiendo de una u otra forma a la dictadura de lo políticamente correcto que, en esta coyuntura, es estar a favor del derecho a decidir y otras majaderías semejantes que no tienen ni pies ni cabeza pero que resuenan entre las sienes de las masas como si fueran verdades reveladas por los mismos dioses a Artur Mas mientras descendía el Monte Sinaí en bicicleta. 

En fin, que aquí me tienen rodeado de una tormenta perfecta de credulidad, infantilismo político, misticismo religioso y, puesto que no tengo la menor intención de irme, no me queda más remedio que nadar contra corriente en medio de una marejada de ideas triviales que la mayor parte de la población (y con ella sus animales domésticos, que también salen a la calle ataviados para la ocasión) ha aceptado de forma acrítica y servil simplemente porque es la música que suena por todas partes y porque no hay nada más fácil que deslizarse por esa suave y gregaria pendiente que te acaba convirtiendo en un feliz miembro del rebaño. 

¿Qué puedo hacer al respecto? Seguir pensando lo que pienso porque así me lo exige mi conciencia. Decirlo siempre que tenga ocasión. Y contárselo a ustedes que, por fortuna, me leen cada día. 

PD. No sé porque me vienen a la cabeza dos frases que pronuncia Sofía Scholl, la dirigente del movimiento de resistencia la Rosa Blanca durante la Alemania Nazi, en la película que narra su detención y asesinato:

-¿Por qué se unió a las Juventudes Nazis?
-Decían que Hitler daría gloria al país. Buena suerte y fortuna, todo el mundo tendría trabajo y pan. Seríamos libres y felices.

-¿Por qué una mujer joven como usted se arriesga por esas ideas erróneas?
-Por mi conciencia.
-No lo entiendo… con su talento… ¡que no comparta el Nacional Socialismo!

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