miércoles, 5 de octubre de 2016

Final del verano



De pequeño quería ser un estudioso del juego. Memorizar todas las reglas, conocer los trucos más difíciles, interpretar las señales, calibrar todas las variables y anticipar hasta el más leve de los cambios de presión. Por eso a veces fingía dejarme llevar por la corriente y a veces me hacía a un lado y me quedaba en silencio cuando todos hablaban. Me interesaban en especial los que no jugaban demasiado bien, pero también me fijaba en las grandes partidas y en los movimientos intrascendentes que no parecían llevar a ninguna parte pero que iban desplegando las fuerzas sobre el terreno de juego, porque si se mira bien no hay nada que no sea, en cierto sentido y bajo la óptica adecuada, material educativo. 

Hasta una persona que no te gusta puede enseñarte muchas cosas que un día te serán útiles. Sólo hay que olfatearla sin que se de cuenta, identificar el aroma de sus sueños, sus deseos, sus miedos y sus manías y hacerlo sin caer en la tentación de interponer entre los dos tus estúpidas y triviales fantasías de moralidad. No olvides que por bueno que seas esa persona es mejor que tú en algún sentido y que incluso el más estúpido ha tenido que pagar el precio necesario para aprender algo que todavía ignoras. Si lo haces bien un día, cuando menos te lo esperes, seguramente en otra parte, quizás muy lejos, quince o veinte años después, casi en otra vida, tendrás que recurrir a algo que tomaste prestado durante aquella conversación.

Con el tiempo he aprendido algunas cosas. Que respiramos un miedo apenas controlado; que todos deseamos que nos quieran y que nos acepten pero nos hartamos a dar palos de ciego porque no tenemos la menor idea de cómo conseguirlo; que nos angustia el horror esencial de existir y, a la vez, la certeza de que un día yaceremos tumbados boca arriba debajo de seis pies de tierra; que todo es, a la vez, trágico y triste y caótico y hermoso; que la verdad puede hacerte libre pero también puede acabar contigo porque no hay nadie que esté preparado para toda la verdad; que si estoy mucho rato rodeado de gente mi cabeza se fatiga y tengo que dejar que repose antes de irme a dormir; que no importa lo que los demás piensen de ti porque en realidad piensan en ti mucho menos de lo que crees y cuando lo hacen no tienen ni la menor idea de quién eres; que existe una fatal ironía en el hecho de que muchas veces es mejor desear algo que poseerlo y que todos somos iguales a los demás en la secreta certeza de que somos completamente distintos a los demás.

Pero todavía hay muchas cosas que no sé. Por eso, ahora que está a punto de empezar un nuevo curso, sigo teniendo las mismas ganas de aprender a jugar que aquel niño que lo miraba todo y nunca se permitía el lujo de olvidar nada.


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