viernes, 7 de octubre de 2016

La estupidez



Hoy al mediodía, al volver del trabajo, mientras atravesaba la pasarela de los Maristas rumbo a Cappont, me crucé con una chica rubia que sufría una enfermedad que le hacía andar de una forma fatigosa y bastante extraña, arrastrando los pies, como si estuviera a punto de perder el equilibrio a cada paso. Naturalmente, hice lo que mis padres me enseñaron a hacer en un caso así: me crucé con ella haciendo ver que no la veía. Llevo auriculares y escucho música, así que no fue difícil incluso para un sujeto con tan pocas dotes interpretativas como yo. Si les soy sincero ni siquiera sé si comportarme de esa forma estuvo bien o si debería haber hecho algo diferente. No lo sé y creo que tendré que pensar en el asunto.

El caso es que delante de mi, a unos veinte o treinta metros, iban cuatro niñatos de unos trece o catorce años de algún colegio de por aquí cerca (como no tengo hijos el mapa escolar me resulta bastante confuso). Ellos también se cruzaron con ella y al hacerlo -por suerte, sin que se diera cuenta- empezaron a imitarla mientras caminaban, moviendo los brazos, arrastrando los pies y realizando gestos bastante desagradables de contemplar pero que ellos encontraban la mar de graciosos, a juzgar por sus sonrisas cretinoides, tan propias de esos individuos que siempre me hacen dudar acerca de si la selección natural nos aleja del mono o nos está devolviendo irremisiblemente a él. 

De forma instintiva aceleré el paso. Ellos, además, habían ralentizado el suyo porque seguían volviendo la vista hacia atrás mientras caminaban para mirarla y continuar con su performance, por lo que llegó un momento en que en medio, entre ella y ellos, ya estaba yo. Mi expresión debía ser bastante reveladora, porque mirarme a mi y dejar de hacer el bobo fue todo uno. Los alcancé casi al final de la pasarela de Capppont y les dije mirándoles fijamente que eran unos imbéciles. No se atrevieron a decir ni palabra (medir 1,90 ayuda en estos casos). Creo que sabían muy bien a que me refería y me gustaría pensar que había alguna vocecilla en lo más hondo de su primitivo córtex cerebral que les debía estar susurrando al oído que lo que acababan de hacer no era algo como para estar muy orgullosos.

Tampoco sabría decirles si lo que hice estuvo bien o no. Supongo que no del todo. Pero a veces hay cosas que no se pueden aguantar sin que te salga una úlcera gastroduodenal y en mi caso cualquier forma de abuso del prójimo me parece, desde que tengo uso de razón, intolerable. Luego, pensándolo bien, me di cuenta de que quizás a su edad yo también era un tonto que hacía tonterías de ese tipo y, lo que es peor, que no hay que descartar que todavía lo siga siendo, porque por más que yo esté convencido de que no es así, no es menos cierto que los más tontos son los que tienen la completa certeza de no serlo, así que permanezcan alerta, porque nunca se sabe donde anda suelto un tonto, en la pasarela de Cappont o dentro de mis/tus/nuestros propios pantalones.





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