Fleewood Mac





Todos sabemos un poco de algo y desconocemos casi todo de lo demás. En mi caso -ya me disculparán que hable de mi, pero han de entender que soy la persona con la que más me tropiezo- entre los varios ramales del vasto territorio de mi ignorancia uno de los que más me avergüenza es el que tiene que ver con mi calamitosa cultura musical o, para ser más exactos, con mi casi completa falta de ella. 

Lo curioso es que siempre me ha encantado la música. En mi habitación conviví, no sin estrecheces, con sucesivas generaciones del clásico radiocasette estereo que sonaba todo el tiempo, incluso cuando se supone que no debería hacerlo (en época de exámenes, sin ir más lejos). Sin embargo, mi percepción de la música era que, si bien formaba parte de la banda sonora de mi vida, no exigía nada a cambio y, por eso mismo, yo no le prestaba ninguna atención en particular. Jamás se me habría ocurrido comprar un disco de nadie y, en cambio, por esas paradojas inexplicables, los libros se me salían de la habitación y amenazaban con desbordarse, invadir el pasillo y caer sobre mi menuda abuela María de las Nieves en forma de blanco alud de papel. 

Para los que nacimos alrededor de 1970 nuestros años mágicos son los 80. Entre la mitad y el final de esa década éramos adolescentes, lo que significa que nos asomamos al mundo por primera vez y, a cambio, el mundo nos dejó una impronta que ya no se borraría nunca: por primera vez nos sentimos libres, por primera vez nos enamoramos, por primera vez besamos o nos besaron y por primera vez conocimos el embriagante sabor de la vida cuando ésta no es más que una promesa que brilla en el fondo de nuestro corazón y atraviesa nuestras pupilas con las alas extendidas.

Ninguna música se me ha quedado tan fijada en la memoria como la que escuchaba esa época. Por eso una de estas noches, vagabundeando por Youtube, me sorprendió encontrarme unas cuantas canciones preciosas (Dreams, Sara, Everywhere, Little Lies, Gipsy, Seven Wonders, Go Your Own Way) de una banda de esa época (Fleetwood Mac) que, consultando la Wikipedia, resulta que vendió más de 100 millones de discos (uno de ellos, Rumors, es uno de los diez más vendidos de todos los tiempos) y de la que, con toda sinceridad, yo no recordaba más que el nombre. 

Aparte de la ya mencionada incultura musical hay, no obstante, algo más que debo añadir en mi descargo. Los grandes éxitos de Fleetwood Mac son de finales de los 70 (Rumors, por ejemplo, se publicó en 1977). Y, por contra, sus discos de los años 80 no pasaron a la posteridad y, de hecho, tras diversos avatares (disolución incluida) no volverían a reencontrar el camino del éxito hasta bien entrados los 90, con un álbum en vivo en el que conmemoraban los 20 años de la publicación de Rumors. 

Eso significa que a finales de los setenta yo era demasiado pequeño... y en los 80... cuando ya no lo era, ellos no estaban en su mejor momento. De alguna forma no coincidimos y sin embargo, treinta años más tarde, en otro siglo, casi en otro mundo, por obra de Internet nos hemos vuelto a encontrar y al hacerlo he descubierto unas canciones que me parecen fascinantes y, en cierto sentido, venidas de fuera del tiempo, de un pasado próximo y remoto a la vez, como esos parientes a los que uno lleva mucho sin ver pero a los que, por muchos años y muchas ciudades que se interpongan en el camino, uno reconocería al instante.

Lo bueno de no saber de algunas cosas es que, si eres capaz de conservar algo de curiosidad, cuando menos te lo esperas puedes cerrar los ojos y asombrarte de nuevo, como si nunca hubieras tomado ese camino, como si la vida empezara de nuevo -treinta y cinco años después- reluciente y cromada y a la vez, también, puedes hacer, si consigues que no te arrastre la melancolía, un balance provisional de todo lo que aún conservas y de aquello que poco a poco fue quedando atrás en la tormenta. 

En fin, que aquí me tienen, escuchando a Fleetwood Mac a todo trapo. 

PD. Una de las mejores definiciones de los peligros del amor (o del desamor, que es lo mismo pero en otras coordenadas espacio-temporales) que he escuchado nunca está escondida entre los versos de Sara: 

"Say you'd give me light 
but you never talk me about the fire"









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