lunes, 14 de noviembre de 2016

Una historia de mi trasero

El practicante de mi pueblo afilando el instrumental

Este fin de semana he sufrido un síndrome piramidal. Estoy seguro de que habrá algún cretino (es un género del que siempre hay existencias o stock, como dicen los modernos) que al leer esa frase habrá llegado a la algo apresurada y tontuna conclusión de que estoy tan mal de la cabeza que creo ser un Dios egipcio y, en consecuencia, he ordenado a mis esclavos que empiecen a erigir una pirámide en mi honor.

La realidad es bastante más sencilla. Me dolía el culo. No, no por la victoria de Donald Trump, cosa que tampoco sería de extrañar. En concreto me dolía el músculo piramidal, un órgano/apéndice/lo que sea cuya existencia había permanecido hasta esta semana en la oscuridad para mi, que une el sacro con el femur y que se localiza a ambos lados del trasero (en mi caso el afectado era el piramidal derecho). 

Cuando el practicante (estas cosas entonces las hacían los "practicantes") de mi pueblo venía de niño a ponerme las inyecciones de antibióticos para mis recurrentes bronquitis yo me ponía a gritar como un poseído (según parece, de entre mis greatest hits destacaba el que llevaba por título "socorro, auxilio, que me quieren matar") hasta el punto de que un día (no es broma, no, mi madre aún se acuerda) una pareja de la guardia civil que pasaba por la carretera entró en casa para interrumpir lo que a todas luces debía ser un ritual satánico que incluía como punto fuerte del orden del día el sacrificio de menores. 

Pues bien, el dolor piramidal viene a ser como si el tal practicante se hubiera quedado a vivir contigo y te estuviera perforando el trasero todo el tiempo y en todas las posiciones con una jeringuilla cargada de fuego valirio. Una cosa divertida a más no poder, vamos. El asunto empezó el viernes por la tarde y a las cuatro de la mañana ya no podía ni pegar ojo (por alguna razón en la cama el dolor era peor). Dicen los expertos que viene a ser como una especie de ciática, pero que sólo llega hasta la rodilla. Mejor, porque si llega a llegar más abajo me quito la pierna y la hago al horno.

Por suerte, para paliar el dolor hice uso de una abundante ración de Diclofenaco y en algún momento del sábado por la noche noté como, bajo la influencia de ese mágico antiinflamatorio no esteroideo el practicante se iba, por fin, de casa y la punción desaparecía para no volver (toco madera). A cambio empecé a experimentar una modorra considerable y una vaga sensación como de estar endrogado, cosa que hizo que desde una perspectiva general mi fin de semana viniera a ser una especie de tour de force del dolor al sopor.

En fin, cosas que pasan. Paz para todos. Que sueño. 



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