martes, 20 de diciembre de 2016

Perdoneu, però algú ho havia de dir (perdonen, pero alguien lo tenía que decir)



El tedioso ritual del llamado “proceso independentista” catalán me recuerda cada vez más a cierta escena de Lo que el viento se llevó (1939) en la que, al comienzo de la película, unos cuantos aristócratas confederados charlan eufóricos, convencidos de la presumible victoria del Sur en la guerra de secesión, hasta que le uno de ellos le pregunta su opinión a Rhett Butler (Clark Gable):


-Es difícil ganar una guerra con palabras, señores.
-¿Qué quiere decir?
-Quiero decir que no hay ninguna fábrica de cañones en todo el sur.
-¿Y qué le importa eso a un caballero del sur?
-Les importará a muchos.
-¿Insinúa que los yanquis pueden con nosotros?
-No, no lo insinúo. Digo que están mejor equipados, tienen fábricas, astilleros y minas de carbón y pueden bloquear nuestros puertos. Nosotros tenemos esclavos, algodón y arrogancia.


Por desgracia muchos independentistas catalanes, en especial los que viven en las poblaciones más pequeñas en las que, no por casualidad, el movimiento secesionista es más fuerte, se mueven en círculos cerrados en los que casi todo el mundo comparte el mismo recetario. Por eso les iría de perlas que cualquier Rhett Butler tuviera el valor de decirles algo que seguramente preferirían no tener que escuchar: que es muy probable que después de todo este larguísimo preámbulo no haya ningún referéndum homologable y que, muy a su pesar, tampoco va a haber independencia, y no por la maléfica influencia de España, sino porque mal puede haberla contra la voluntad de la mitad de la población catalana.


El nacionalismo, cualquier nacionalismo, es, en el fondo, una forma de sentimentalismo cuyo epicentro es la añoranza de una patria mítica de cartón piedra tan real como las películas de dibujos animados y tan irrecuperable como los suspiros del primer amor: la España imperial que conquistaba a sangre, fuego e infecciones bacterianas vastos territorios en los que un día no se ponía el sol, un País Vasco genéticamente puro, sin la vergonzante mezcla de sangre de los descendientes de los obreros maquetos que llenaron de mano de obra las fábricas de Euskadi o una República Catalana igualitaria en la que los perros pronto languidecerán sofocados por el peso de las longanizas.


Así, con esa añoranza, comienza precisamente Lo que el viento se llevó:


“Había una vez una tierra llamada el Viejo Sur. Un mundo viejo y galante. Allá vivieron los últimos caballeros y sus bellas damas y sus esclavos. De aquel mundo, de aquella época no quedan más que los sueños. Una época que el viento se llevó”.


Un historiador inglés, James Anthony Froude, dijo una vez que no se puede razonar con una persona poseída por una idea. A lo largo de mi vida he tenido ocasión de comprobar infinidad de veces que es así y por eso me precio de discutir mucho menos de lo que lo hacia: porque nadie, por más empeño que ponga en ello y por más razones que le asistan, convence a nadie de nada y mucho menos a los que ya vienen convencidos de serie.


En estos casos el trabajo lo hace por su cuenta y sin cobrar arancel el tiempo, que además no atiende a razones, no se apiada de nadie y tampoco se deja arrastrar por el sentimentalismo. Las cosas, al correr del tiempo, acaban por ser lo que son y no lo que nos hubiera gustado que fueran. Entenderlo y aceptar que es así no te hará feliz, pero te evitará algún que otro susto y más de una decepción.


Pero claro, si nadie te lo dice...


Como el lindo gatito, fracasamos invariablemente
para diversión del personal
que nos mira de reojo.
Y como el Coyote nunca llegamos a la hora,
ni al lugar, ni en el momento preciso.


Manolo García (Prefiero el trapecio)




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