jueves, 11 de mayo de 2017

Un consejo para damiselas nada desvalidas y caballeros desnortados



En la vida no es raro que haya un hiato bastante grande entre lo que esperamos encontrar y lo que la realidad nos acaba deparando. Y cuando aparentemente no es así suele haber gato encerrado y por eso, con cierta probabilidad que no sabría calcular con exactitud porque soy más de letras que Unamuno, pero que intuyo bastante alta, más tarde o más temprano, esa bella muchacha de origen báltico y metálicos ojos azul cobalto a la que un día conociste por Internet y que casi de inmediato, sin preaviso ni nada, te declaró su amor eterno e incondicional, te acabará pidiendo una modesta contribución económica con el encomiable propósito de sufragar la instalación de una modesta (aunque algo costosa) calefacción de hierro fundido en el piso de su abuelita que, según parece, se muere de frío allá por la estepa rusa y por no tener no tiene ni lobo que la caliente. En realidad lo más probable es que la muchacha en cuestión tenga bigote, dos esposas y varios hijos dispersos por alguna república ex soviética de nombre impronunciable y múltiples antecedentes penales, pero, como tampoco es cosa de aniquilar las ilusiones de nadie, por ahora nos olvidaremos de esa inquietante posibilidad.

La tontería no es (sólo) patrimonio masculino. A las chicas también les ocurre (menos, porque los hombres somos, sin duda, los campeones olímpicos en la materia). Y les ocurre, por ejemplo, cuando esperan (y créanme si les digo que, digan lo que digan, muchas lo esperan todavía y lo esperan a todas las edades) que un valeroso caballero de capa plateada y reluciente espada (no me sean mentesucias) acuda a redimirlas de su melancolía. Lo cierto es que los valerosos caballeros andan muy de capa caída (ojo al juego de palabras) y más de una vez adoptan formas poco elocuentes: barrigas cerveceras, calvicies incipientes, ojos saltones y/o miopes, defectos de pronunciación de las consonantes fricativas y otras múltiples taras que por alguna razón nunca aparecen en los cuentos.

¿Cómo saber entonces si esa bella damisela nórdica está o no prendada realmente de nuestros -por otra parte, más que evidentes- encantos? ¿Cómo averiguar si detrás de ese aspirante a cuñado dotado de tan variados, desconcertantes y algo sospechosos saberes late el corazón de un hombre enamorado?

La respuesta es sencilla. En una escena de La La Land la protagonista está sentada cenando con su novio y sus cuñados. De pronto, a través del hilo musical del restaurante comienza a sonar una música que le recuerda a alguien y al compás de esas notas ella apenas alcanza a susurrar un lo siento, antes de salir corriendo, ligera e inasible, como el suave viento de verano de Henry Mancini, para reunirse con la persona a la que ama.

Lo que quiero decir es lo siguiente: la persona que les ama de verdad es la que siente el deseo irrefrenable de correr a su lado y la que encuentra la forma de hacerlo sin excusas, sin vacilaciones, sin tener que pensárselo dos veces, sin consultarlo con su madre, sin esperar a que los niños se hagan mayores ni a que la abuela tenga calefacción, sin, en fin, ninguna de esas excusas que fabricamos cuando no queremos reconocer -por pereza, por inercia o por simple cobardía- que no sentimos lo que deberíamos sentir por la persona a la que decimos querer.

Si de verdad él/ella les quiere hará lo que sea para estar con ustedes. Esa es la verdadera marca del amor: el deseo irrefrenable de estar con la persona amada. Para el que ama de verdad la persona amada no es una posibilidad sino un destino al que de ninguna forma pueden sustraerse. Lo demás es literatura, excusas, paños calientes y afecto de baja graduación que sólo sirve para pasar el rato o consolar la soledad. No es inaceptable y mucho menos reprochable y en muchos casos, además, resultará hasta conveniente por razones que sería muy largo de explicar o que simplemente no tienen explicación. Pero no se engañen a si mismos: sea lo que sea, no es amor. 

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