lunes, 8 de marzo de 2010

The Hurt Locker (En Tierra Hostil).

El otro día fui a ver The Hurt Locker. Me gustó mucho pero, para mi sorpresa, no encontré a nadie que opinara lo mismo. Esa discrepancia que, además, de respetable, es muy sana, me planteó, no obstante, ciertos interrogantes.

Yo no tengo gustos cinematográficos demasiado excéntricos (aquellos que consideren que El Gran Lebowsky es una obra maestra entenderán a qué me refiero). Y sin embargo... nadie parecía compartir mi entusiasmo por En Tierra Hostil. ¿Por qué?

Después de pensarlo unos diez minutos (tiempo máximo que puedo reflexionar sobre cualquier cosa antes de empezar a ponerme azul por falta de riego sanguíneo) he llegado a la conclusión de que en nuestro país la gente le tiene cierta tirria a las películas bélicas en las que los norteamericanos son los buenos que se la juegan haciendo frente a ponzoñosos terroristas islámicos.

Mucha gente no parece haber entendido que En Tierra Hostil no es una película bélica, (de igual forma que El Padrino no es una película de violencia urbana, ni Psicosis una epopeya sobre la baja calidad de servicio de los hoteles rurales), sino un drama psicológico construido en torno al el sargento de primera clase William James, que trabaja como artificiero en un Equipo de Desactivación de Explosivos EOD (Explosive Ordinance Disposal) del ejército de los Estados Unidos durante la guerra de Iraq.


The Hurt Locker no nos habla de la guerra sino de las consecuencias de la guerra. Es, más que cualquier otra cosa, la historia de una persona que realiza un trabajo de elevadísimo riesgo físico y, que, no sabemos muy bien cómo ni desde cuándo, lo hace bajo el manto protector una personalidad distinta de la que expresa en su vida cotidiana: la de alguien más temerario que valiente, que no obedece a nadie y que actúa como si no tuviera nada que perder.

El problema, ya tratado alguna que otra vez en el cine, aunque pocas veces con tanta elegancia, es que la guerra (como un campo de concentración o cualquier situación límite lo bastante prolongada en el tiempo) es un viaje sin retorno del que nadie vuelve siendo el que un día fué. Y no sólo por la hipótesis más manida y convencional: el horror....ah! el horror que musitaba el coronel Kurtz en el Corazón de la Tinieblas, sino porque la guerra ilumina con su luz tenebrosa inquietantes dimensiones de la personalidad que, una vez descubiertas, no son fáciles de deslizar bajo el manto de la normalidad.

Esa personalidad emergente, la del artificiero que se comporta en su trabajo como un adicto al riesgo que actúa con total desprecio por su propia vida es, bien mirado, un correlato de la del apacible y universitario Michael Corleone que, enfrentado a la muerte de su hermano mayor, se convierte en un capo sanguinario capaz de castigar con la muerte incluso a Fredo, su propio hermano. O del Capitan Conán de Bertrand Tavernier, que regresa a casa convertido, después de años de guerra, en una perfecta máquina de matar que languidece sin encontrar acomodo en la vida civil.

¿Qué ocurriría si descubriéramos que aquello que más nos gusta, aquello en lo que somos mejores, aquello que da sentido a nuestra vida es algo que sólo puede ocurrir con el telón de fondo del vertigo y la crueldad sin sentido de una guerra? ¿Cómo sobrevivir a ese abismo existencial en el que, fuera de eso que nos importa de verdad, sentimos que todo carece por completo de sentido? ¿Cómo aceptar la oscuridad habiendo conocido la luz? ¿Cómo sobrevivir a una revelación, al descubrimiento de lo que somos, a esa visión ante el espejo?

Al final de la película el protagonista vuelve al campo de batalla. Vuelve porque sabe o intuye que no tiene otra opción. Nada fuera de ese trabajo le hace sentir vivo. No se trata de patriotismo. Ni de moralidad. No hay ni un ápice de ardoroso espíritu militar. Ni una buena causa a la que servir. Sólo la necesidad de sentirse vivo un vez más, aunque sea la última.

Antes de que las luces de la pantalla se apaguen definitivamente vemos, alejándose, a un hombre que camina impasible hacia la muerte.

PD. Dedico este post con todo cariño, respeto y admiración, a aquellos a los que no les gusta The Hurt Locker. Mi consejo es que volváis a verla, pero esta vez sin esperar algo como una jodida moraleja infantil y maniquea.

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