martes, 17 de agosto de 2010

De botones y recuerdos


Ayer me deshice -la tiré- de una caja de botones que me acompañaba desde que abandoné la casa de mis padres, hace ya algo menos de veinte años. Todos esos botones habían viajado conmigo a través de un laberinto de tormentas, al vaivén de trenes y aeropuertos, a través de miles de puertas y primeras miradas.

Estaban allí cuando amaba a todo el mundo para siempre, con la impune inocencia de los años. Y cuando empezó a llover y de no se dónde llegó un viento que devoró uno a uno los fantasmas. Son cosas que, ahora lo sé, no estaban en mi mano ni lo estuvieron nunca, pero que fueron construyendo un abismo insondable, un surco entre mi paso y el pasado, entre mi vida y cada vida.

Ha pasado el tiempo y hoy la vida y yo nos desafiamos en silencio. A veces es oscura y sus dientes me atraviesan con el dolor de un perro apaleado. Otras veces es ella la que reclama mis caricias y entonces algo hermoso y sagrado brilla en el mundo. Algo que, si hay suerte, reverbera inasible en las palabras.

Abandonamos cosas. Vivimos en el filo de lo que te da el amor y de lo que te quita el miedo. Sabiendo que ni siquiera nuestro olvido conjura el pasado y que nadie se salva en el asombro de un poema, nada se rescata, nada se absuelve. Ni siquiera una caja de botones.

Las cosas parten sin atajos y no hay camino que las traiga de regreso.

2 comentarios:

  1. "Las cosas parten sin atajos y no hay camino que las traiga de regreso".

    Hermoso!

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