domingo, 28 de octubre de 2012

¿Qué ha cambiado en Cataluña?




No es ningún secreto que en Cataluña siempre ha habido muchos ciudadanos que se sienten nacionalistas y que, además, había otros muchos -bastantes menos- que se proclamaban abiertamente independentistas. Junto a ellos, o al otro lado si se quiere, había un colectivo igualmente amplio de personas que se consideraban catalanas y españolas por igual o, incluso, más españolas que catalanas.

¿Qué ha cambiado de pronto para que la relación de fuerzas se haya invertido tan rápidamente como ahora parecen apuntar algunas encuestas?

Mi impresión personal es que en la sociedad catalana, sobre un sedimento tradicional de nacionalismo identitario o sentimental, se ha depositado un nuevo estrato de un nacionalismo que podríamos calificar como fiscal o presupuestario. El eslogan del primero sería, por resumirlo así, el "Cataluña is not Spain" de las olimpiadas de Barcelona y el del segundo sería el mucho más pragmático "España ens roba".

Sin embargo, si examinamos el asunto con un poco más de atención comprobaremos que hay una sustantiva diferencia entre ambos argumentos. 

Por lo que se refiere al primero, si un nacionalista catalán afirma que siente que su patria es Cataluña y que, por tanto, considera que ésta debe ser independiente hay poco que decir: los sentimientos son los que son y punto. Cualquier discusión al respecto, si la hay, tendrá poco de racional y, por tanto, no precisa de mayor análisis.

Pero en el argumento del "robo español" hay un ingrediente nuevo, de naturaleza factual: un hecho -el robo- que puede y debe ser objeto de análisis científico. ¿Realmente los catalanes sufren un déficit endémico en sus relaciones tributarias y presupuestarias con España? ¿Son sus infraestructuras peores y más caras? 

Yo creo que en la respuesta a esas preguntas hay -por las dos partes- un exceso de pasión argumentativa y un considerable déficit de información. En Cataluña se asume que ese déficit existe y, a continuación, se llega a la conclusión de que la independencia es la única forma de evitar que se perpetúe. Y desde la capital del Estado se despeja con desdén poco disimulado cualquier reclamación al respecto, sin que nadie se detenga ni un instante a examinarla, en la idea de que los catalanes siempre andan por ahí quejándose y/o fastidiando. 

Sin embargo, es peligroso apoyar las conclusiones en impresiones o en intuiciones porque a menudo eso conduce a una falsa problematización y, como ya apuntó Borges, un inconveniente de los falsos problemas es que generan soluciones que son igualmente falaces. Así, por ejemplo, el historiador Plinio el Viejo, no contento con referir que los dragones atacan en verano a los elefantes, aventura la hipótesis de que lo hacen para beberles la sangre "que, como nadie ignora, es muy fría." Es obvio que el error de Plinio no está tanto en la conclusión (lo de la sangre fresquita), como en el falso problema (los dragones no existen, así que difícilmente pueden beber nada). 

Trasladando el razonamiento a lo que ahora nos importa, tengo la impresión que de lo que se trataría aquí, por tanto, no es de evaluar si la independencia es o no la solución óptima, sino de averiguar, en primer lugar, si el problema de fondo que se invoca (el robo) existe o no de verdad antes de apresurarnos a buscarle soluciones.

Dicho en otras palabras, ¿estamos en presencia de una reclamación legítima o ante una reacción puramente irracional y por tanto injustificada? Personalmente no estoy seguro de la respuesta, porque no dispongo de suficiente información al respecto (aunque estoy rodeado de gente mucho más lista que yo que, dada la firmeza de sus convicciones, es evidente que sí dispone de ella).
 
La discusión remite, en el fondo, al complejo asunto de las balanzas fiscales. CIU, en su campaña en favor de la llamada hacienda propia, sostenía hace poco que «el déficit fiscal catalán en el 2009 fue del 8,4% del PIB, 16.400 millones de euros, 45 millones diarios, lo que quiere decir que cada catalán paga de media 2.200 euros al Estado que no vuelven». Por tanto, por el hecho de ser español, "cada catalán contribuye con un gravoso peaje de seis euros diarios, que se van y no regresan de ninguna forma».

El Estado, que debería tener algo que decir al respecto, no lo hace porque siempre ha procurado demorar -por oscuras razones territoriales- la presentación de esas balanzas fiscales. Quizás por eso los últimos datos disponibles, de julio de 2008, se remontan nada menos que al ejercicio 2005 y cifran el déficit fiscal de Cataluña en el año 2005 en torno al 8% de su Producto Interior Bruto (PIB). 

Un reciente artículo del Wall Street Journal resume esta línea de pensamiento: 

"Cataluña es la capital de la industria española y uno de los distritos industriales más importantes de Europa, por detrás sólo en productividad de la Lombardía en Italia y la cuenca del Ruhr en Alemania. Sin embargo, cada año desde 1986, una media de 9% del PIB de Cataluña en términos netos, ha dejado la región para ir a Madrid y ser redistribuido en todo el Estado. En España, sólo las Islas Baleares renuncian a una parte mayor de su producción anual. En ningún otro lugar de Europa o América del Norte se producen transferencias intraestatales de tal magnitud".

http://economia.e-noticies.es/the-wall-street-journal-critica-el-deficit-fiscal--64025.html

Hay un buen número de catedráticos y expertos que utilizan argumentos similares y hay otros tantos que los refutan, pero curiosamente las voces de los segundos no tienen ningún peso en la sociedad catalana de nuestros días, en la que la hipótesis del expolio ha llegado a gozar de una aceptación popular que supera a la de la narración televisiva de la llegada del hombre a la luna y se aproxima, casi, a la fe cuasireligiosa que los barcelonistas profesamos en Leo Messi. 

¿Por qué ha sucedido eso? La respuesta nos remite, de nuevo, los elefantes y a Plinio el Viejo -un historiador que, como el avispado lector ya habrá notado, no andaba falto de imaginación-.

Cuenta Plinio que los elefantes se asustaban con el chillido de un cerdo. Y creo que eso es justo lo que ha ocurrido en Cataluña: el chillido de la crisis ha asustado tanto a la sociedad catalana que una buena parte de sus ciudadanos, agobiados por las dificultades económicas y por el evidente deterioro de los servicios públicos, han aceptado, de un tirón y sin pestañear, que todo eso ocurre porque España les roba y que, además, la independencia es la única forma de vadear el manantial de dinero que fluye hacia Madrid (léase Madrit).
 
Visto así, el correlato crisis/expolio español ha actuado como catalizador de una reacción independentista explosiva que antes, con argumentos puramente sentimentales o identitarios, no generaba el suficiente grado de adhesión popular y que ahora, en cambio, al acercarse al mucho más terrenal y prosaico asunto del dinero, parece haber cobrado la fuerza suficiente como para penetrar de forma transversal en espacios de la sociedad civil catalana en los que, hasta hace muy poco, la planta del nacionalismo (catalán) no había logrado echar raíces.

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