lunes, 19 de agosto de 2013

Faldas y banderas



Constato, he de confesar que con menos pesar que asombro, que vivo en un país repleto de cretinos que se emocionan sobremanera con sus banderas esteladas, esas que se adquieren por metros lineales en las tiendas de chinos de cualquier barrio. Los susodichos se oponen a otros mentecatos, igualmente ruidosos y menguados de entendederas, que corean la rojigualda con un fervor que yo, de forma instintiva, reservaba para las faldas de las muchachas de mi instituto. Y es que en este asunto no puedo negar que soy del parecer del poeta venezolano Alberto Barrera, quien en una ocasión feliz proclamó, con la clarividencia de un hombre que ha vivido mucho y juzgo que no necesariamente mal:

Nada como tu falda.
Tu falda: mi única bandera.

Por lo demás en televisión todas las conmociones y los accidentes, la crisis, la independencia de Cataluña y hasta el apocalipsis mismo si se presentara en prime time, se interrumpen para dar paso a los anuncios. En la vida, en cambio, eso no te ocurre y por eso si te atropella un Renault Clio no puedes pedirle al conductor que lo deje para después de la publicidad y si, por poner otro ejemplo, tu hija de dieciséis años te comunica que ha sido (un poco, bastante o tirando mucho) embarazada por un miembro de los Latin Kings, pronto descubrirás, con bastante desazón, que ese no es, como tú creías, el nombre de un grupo de intérpretes de cumbia. 

De todas formas eso es, precisamente, lo interesante y lo trágico de vivir, que uno toca mientras aprende a tocar el instrumento y por eso, como no hay ensayos previos en los que ir puliendo la performance, que dirían allá en El Paso, uno mete la pata, se desparrama más de la cuenta, olvida casi todo, no acierta casi nunca y se pelea consigo mismo más que otra cosa. Y en esas nos dan las doce, nos metemos en la cama, nos levantamos y vuelta a empezar con el desbarajuste.

En realidad no es tanto que la vida sea pesada o peligrosa: es que todos cargamos todo el rato con nosotros mismos y eso, amigos, no hay dios que lo aguante. Y por si fuera poco algunos cretinos, además, llevan al lomo una bandera de legítimo tejido made in China. La misma China que, por esas paradojas de la vida, unos decenios atrás, dio la puntilla al sector textil catalán, con lo que hemos de convenir al menos que los independentistas catalanes no son de inclinaciones rencorosas.

Por eso me gusta esta hora oscura de la noche: porque hasta la estupidez que de día amenaza con invadirlo todo se desvanece, porque todo lo que se mueve va cobrando una vaga pereza, todos los esfuerzos zozobran y cae sobre el ruido que atraviesa el mundo una espesa capa de silencio. Y porque en esta hora, tan propicia para la reflexión, los asaltos sexuales y los robos a punta de navaja, cuando todo se aquieta y no hay luz en demasía, yo, a ratos, empiezo a ver algunas cosas claras.

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