miércoles, 21 de agosto de 2013

Volver


Cuando sonaba esta canción en la radio a mi abuela se le reblandecían los ojos y yo, al verla allí, tan menuda y tan recia, con las sienes plateadas y sus inquebrantables ojos de nieve azul, presentía que al escucharla ella regresaba a un tiempo febril en el que las miradas iban cargadas de pólvora y en el que las ilusiones todavía no habían empezado a amarillear en el último compartimento de una cartera de mano.

Como dice Gardel, con su timbre de vértigo, la vida es un soplo y veinte años no son nada. El sol amanece cada día como el anterior, pero ninguno de los días ya vividos regresa jamás y por eso la memoria es nuestra última oportunidad de revivir los sueños que un día nos habitaron, los besos que dimos y los que no llegamos a dar y nuestros efímeros días de gloria; el último y desesperado intento de que todo aquello que un día vivimos no se desvanezca para siempre, como si sólo la memoria fuera capaz de hacernos sentir, en medio del marasmo de todas las cosas que nos pasan, que hay un hilo tenue que une el que somos con el que fuimos y con el que quizás un día lleguemos a ser y que, pese a todo, contra el azar, contra el destino y contra las inexorables leyes de la probabilidad estadística que dicen que más del 99 por ciento de los seres que han vivido están muertos, nosotros estamos improbablemente vivos y seguimos recordando.


Hay algo muy sutil y muy hondo
en volverse a mirar el camino andado…
El camino en donde, sin dejar huella,
se dejó la vida entera.

Dulce María Loynaz

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