sábado, 26 de octubre de 2013

Algunos viajes de las palabras



BIZARRO

La palabra bizarro nace en Italia, con el significado de iracundo o cabreado (acaso en referencia a las bicerras, las cabras silvestres italianas, que debían tener mal genio). De ahí pasa a España. Y como cuando uno anda cabreado suele meterse en líos, la palabra tomó por nuestros lares un nuevo significado: valiente, osado, atrevido. Los nobles, por supuesto, eran muy valientes y por esa vía la bizarría acabó por convertirse también en sinónimo de nobleza y generosidad, formidables cualidades que hasta hace poco adornaban a nuestro campechano monarca (o eso decían sus panegiristas) y que hoy, tal y como están las cosas, sólo se predican de algunos toros de lidia.

El itinerario de la palabra por tierras francesas fue algo distinto. Inicialmente también significaba valiente pero, con el tiempo su uso se reservó para aquellas hazañas que, a fuer de valerosas, parecían impropias de este mundo. Por eso bizarro empezó a significar extravagante, extraño, fuera de lo común y así, con ese sentido, llegó a la lengua inglesa, sin ningún rastro ya de la valentía original. Por eso cuando hoy usamos bizarro en sentido de "extravante, extraño o grotesco" en realidad estamos practicando un curioso inglés vicario que sería muy del gusto de Ana Botella. 


ADEFESIO

Algo parecido ocurre con la palabra adefesio. Cuando Pablo escribió sus famosas cartas a los de Efeso, los susodichos, que al parecer estaban ocupados con otros asuntos, no le hicieron ni caso. Por eso adefesio tenía originalmente el sentido de hablar sin hacerse entender. Con el tiempo el término se aplicó a los textos embrollados, retóricos, ininteligibles y poco elegantes. Lo peor que podía decirse de un aspirante a literato es que escribía "adefesios". Al correr del tiempo la palabra alzó el vuelo, despegó del papel y comenzó a emplearse para denostar a los individuos poco agraciados y, en un sentido que acaso recuerda a la versión literaria, a las personas de aspecto desaliñado. Si mal no recuerdo mi madre usaba mucho esa palabra para referirse con cariño y admiración a varias de sus vecinas y, como es natural, a su propia familia política, a cuyo porte y hábitos indumentarios solía dedicar, viniera o no a cuento, lo más florido de su amplio repertorio invectivo.


PECADO

Desde tiempos muy remotos, antes de que existieran el griego, el latín, la envidia y los cuernos, la palabra ped hacía referencia a los pies. De ahí nace el latín pedem y, mucho más tarde, nuestro pie. Al paso de los siglos, muchas voces han germinado de esa palabra. Algunas, bastante obvias: peatón, que es el que camina; peón, el que no alcanzó el grado de jinete en el ejército; pionero, que nos llegó del francés pionnier, en alusión a aquellos soldados que hacían funciones de exploración a pie y expedición (que no es otra cosa que explorar a pata). Más escondido, ese pie aparece también en pecado, que etimológicamente significa “dar un traspié, tropezar”, así que quien se arrepiente de sus pecados bien podría decir que se arrepiente de sus tropiezos. 


LAS PUENTES

A veces esas mudanzas lo son también de género (para espantar al PP, que siempre se atasca con esta cosas). Así, por ejemplo, en castellano antiguo era frecuente asignar a los puentes el género femenino. Decía Don Quijote: “Aquel caballero que allí ves de las armas jaldes, que trae en el escudo un león coronado, rendido a los pies de una doncella, es el valeroso Laurcalco, señor de la Puente de Plata”. Y por eso mismo el viejo refrán oraba: "Septiembre, o seca las fuentes o se lleva las puentes". Hoy no queda nada de aquellas puentes, que han sido reemplazadas por sólidos viaductos que, amén de modernos, son infinitamente más patrióticos, porque de sus alturas (o de sus bajuras) se descuelgan comisiones, untos y mordidas del 4%, sin las cuales, por cierto, la supervivencia de los puticlubs y de los traficantes de estupefacientes resultaría mucho más ardua en estos menesterosos tiempos de crisis. 

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