jueves, 17 de octubre de 2013

Marlowe




Me gusta Philip Marlowe, el detective de Raymond Chandler. A ratos es duro...

- No me gustan sus modales, señor Marlowe  (le dice un cliente que trata de contratarle).

- No se preocupe por eso, no los vendo.

 
... y a ratos romántico...

"Nos despedimos. Vi cómo el taxi se perdía de vista. Subí de nuevo, entré en el dormitorio, deshice la cama y volví a hacerla. Había un largo cabello oscuro en una de las almohadas y mí se me había puesto un trozo de plomo en la boca del estómago. Los franceses tiene una frase para eso. Los muy cabrones tienen una frase para todo y siempre aciertan. Decir adiós es morir un poco". 

Marlowe es un impertinente. Un solitario que esconde detrás su cinismo un profundo sentido de lo que está bien y lo que está mal que le convierte, muy a su pesar, en el clásico héroe reluctante de la ficción estadounidense: aquel que, como John Wayne en muchos de sus westerns, lo es sólo porque no puede evitar acabar siéndolo al dictado de unos principios que son un atributo más de su propia existencia. 

Y es también, además de todo eso, la raíz de la que nacen todos los demás detectives de la literatura contemporánea. 


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