sábado, 8 de febrero de 2014

Independentismo e infantilismo

Prometí hace tiempo no regresar al manido asunto de la independencia de Cataluña, más que nada por que se trata de una cuestión sentimental (aunque ahora se disfrace de otra cosa) y es evidente que en las cuestiones sentimentales no hay mucho que razonar: uno se siente chino, albanokosovar, portugués o lo que sea y punto, del mismo modo que a uno le gusta su novia, pero, por esas cosas de la vida, le gusta bastante más su hermana. Y también, para qué negarlo, porque el tema, a estas alturas de la película, me cansa mucho. 

Sin embargo, en los últimos tiempos el independentismo catalán ha ido abrazando un nuevo argumentario con bastante más recorrido que el clásico de corte identitario o sentimental. Se trata, como ya habrán adivinado, del del agravio: "Espanya ens roba". Para sus críticos, la ventaja de este novedoso argumento estriba, no obstante, en que al ser de naturaleza factual es posible debatir acerca de él con algo más que banderas y gorros de colores. En otras palabras: si se afirma que hay un agravio económico hay que demostrarlo.

En este punto tengo la sensación de que, dejándonos llevar por una bien orquestada pulsión por el agravio, en Cataluña nos hemos colocado al borde del delirio. Como muestra de a qué me refiero utilizaré el vídeo que sigue, en el que la belicosa Mónica Terribas es literalmente aplastada por Josep Borrell. Los argumentos de la señora Terribas son un condensado de los tópicos, lugares comunes y falsedades triviales que últimamente se repiten por estos lares como un mantra al servicio de la causa independentista y, por eso mismo, cuando Borrell le explica que algunas cosas no son exactamente como ella cree que son, su primera respuesta, entre tartamudeos, no es tanto de asombro como indignación y de enfado... no sé muy bien si con el que le revela la verdad o con la verdad misma; algo, por otra parte, muy común entre los fanáticos de cualquier doctrina religiosa, a los que subleva sobremanera que los dogmas de su fe sean puestos en cuestión. 


Al abrigo de la crisis en los últimos años el independentismo se ha convertido en Cataluña en una forma de redención social a la que se ha querido dotar de toda suerte de virtudes curativas: la independencia nos hará libres y nos sacará de pobres. En Cataluña, dice Terribas, se perseguirá el fraude fiscal (no como en España). Cataluña no tendrá ejército (por lo menos durante la primera media hora). En la nueva Cataluña los servicios sociales estarán asegurados y no faltará de nada porque sin el expolio español habrá dinero para todo. Todo eso por no hablar de una evidente paradoja discursiva, que hace que ser independentista sea moderno, progresista y cool y que, en cambio, defender la unidad de España sea facha, rancio y demodé, como si no se tratara de dos sentimientos especulares y, por tanto, sustancialmente homogéneos.

El problema es que el infantilismo, tan nocivo cuando uno arriba a la mayoría de edad, resulta letal cuando se pone al servicio del ideario político. Es legítimo ser independentista. Solo faltaría. Pero mucho me temo que el material con el que se está amasando el llamado proceso de construcción nacional -una mezcla de voluntarismo, buenismo y obtuso negacionismo de todo aquello que no interesa escuchar- no es precisamente de primera calidad y que, tarde o temprano, el edificio acabará por resentirse. El tiempo, como siempre, se encargará de revelar si esta intuición es o no acertada.

El presente
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El futuro
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