Somos un instante



Algunas noches la lenta mirada de mi padre regresa, se clava en la pared y luego se desvanece por el desagüe de la memoria con la fragilidad de un insecto que ha perdido las alas. Somos capitanes valerosos que en la última tormenta se hunden con su propio barco. Pero esa épica impostada no sirve de consuelo. La muerte es, apenas, un apéndice que nos alcanza después de largas noches de lluvia y de pijamas, de posos de café frío en el fondo de una taza, de agazapadas mañanas de domingo y de cortinas cerradas para no mirar afuera, para no ver, para no ser vistos. Intentamos cerrar los ojos y que no nos importe morir, que nada nos pertenezca en cada puerto en el que tocamos tierra y que otra vez, de nuevo, siempre, vuelva a comenzar nuestra pequeña historia. Pero estamos condenados a regresar al polvo a través de la puerta misteriosa de otros cuerpos, a través de secretos hilos que nadie ha aprendido a destejer. Y cuando hayamos muerto volverán las lluvias, se desnudarán los árboles, nacerán las hojas y de nuevo cantarán los grillos de las praderas, ajenos a la poderosa nostalgia del mundo y sus misterios.

Hoy ha llegado el correo y un amigo me ha escrito lo siguiente: "Los Masai han informado al Comisario del distrito de Ngong que muchas veces, al alba y al crepúsculo, han visto leones en la tumba de Finch-Hutton. Un león y una leona llegan hasta allí y permanecen en pie o echados sobre la tumba durante largo tiempo. Después de irte tú, el terreno que rodea la tumba fue nivelado, formando una especie de terraza. Supongo que aquella elevación constituye un lugar ideal para los leones. Desde allí pueden observar toda la pradera, y el ganado y la caza que hay en ella. A Denis le gustará saberlo. Tengo que acordarme de contárselo".

Monólogo de Karen Blixen en Memorias de África



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