lunes, 5 de mayo de 2014

Matando mujeres

 
 
Hoy es noticia en los telediarios el cura párroco de un pueblo que en su homilía ha dicho algo así como que antes, hace treinta años, los hombres a veces llegaban a casa borrachos y le daban una paliza a su mujer, pero que como había unos principios no la mataban y en cambio, ahora, como no los hay y todo es relativismo moral y nadie cree en nada, van y, además, la matan.

Está bien que lo diga porque si se hiciera una encuesta al respecto los resultados revelarían que, de forma desconcertante, una buena parte de la población -hombres y mujeres- de nuestro país comparte en esencia este argumento que, analizado en detalle se compone de dos partes entrelazadas:

a) Una mentira.

b) Una sandez.

La mentira es que antes no hubiera maridos que mataban a sus mujeres. Por supuesto que los había.  Lo que ocurre es que por un prejuicio social y un déficit cultural la cuestión quedaba reducida al ámbito familiar y, desde luego, no salía en los telediarios: si una mujer acudía a un cuartel de la Guardia Civil a denunciar algo así se la trataba como una descarriada que debía asumir que ese era el papel que le correspondía dentro del matrimonio (ser hostiada). De hecho el machismo estaba tan interiorizado por el sistema que nuestro antiguo código penal rebajaba de forma notable la pena a aquel marido que, encontrando a su mujer en coyunda carnal con un tercero, la matase. Se entendía que la cosa era comprensible: de hecho matar mujeres con cualquier pretexto (por brujas, por adúlteras, por machismo, para violarlas, para venderlas) ha sido una constante a lo largo de la historia, así que en el fondo no hay nada que nos resulte más natural.

La estupidez del argumento reside en que lo que hace que aumente el número de asesinatos de mujeres a cargo de sus maridos, parejas y ex-parejas es que aquellas hoy tienen -aunque sea ardua- la opción de no seguir sufriendo, de liberarse de su carcelero, de divorciarse, separarse, acudir a los tribunales, de pedir ayuda. En esos casos el maltratador sólo ve una salida que pasa por coger un cuchillo choricero y meterle tres puñaladas porque no puede aceptar que se le acabe el chollo. Hace treinta años la mujer maltratada sólo tenía una opción: aguantar. Y el marido, por supuesto, se desahogaba con saña pero no tenía la necesidad de matarla. De hecho, no matarla tenía una ventaja: al día siguiente ella estaría allí de nuevo para servirle de desahogo, para saciar sus carencias, para verter sobre ella toda su ira y su frustración. Paradójicamente, es el maltratador el verdadero dependiente de la relación.

El machismo sólo se supera con educación. Pero incluso con la mejor de las educaciones y la mejor de las voluntades muchas veces sólo hay dos centímetros de educación entre un ser humano y una bestia machista y por eso el machismo está presente en todos los estratos sociales y culturales, así que conviene estar alerta y prestar toda la ayuda posible a las mujeres que han tenido la desgracia - y son muchas- de experimentar el devastador aliento del maltrato. Estamos todavía, como sociedad, muy lejos de dónde deberíamos estar y no está de más recordarlo de vez en cuando.

PD. La milicia islamista de Boko Haran ha secuestrado en una escuela al norte de Nigeria a 200 niñas a las que, amén de violar un promedio de quince veces al día, va a vender como esclavas sexuales por un módico precio que no llega a diez euros. Los fanáticos islamistas serán lo que sea (básicamente unos hijos de puta asesinos que deberían ser castrados y degollados minuciosamente) pero no se puede decir que cometan estas fechorías porque sean relativistas... verdad señor cura párroco?
 
 

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