martes, 21 de octubre de 2014

Faltan velociraptores



A veces escucho por ahí (es decir, por los bares) que pensamos muy poco las cosas y que por eso nos va como nos va de mal. Yo, en cambio, sostengo lo contrario: creo que pensamos demasiado. Por eso en cuanto nos compramos una moto ya estamos preocupados por el precio del seguro y por la última subida de la gasolina y porque igual nos la roban si la dejamos unos días en el parking del aeropuerto y porque si hay una mancha de aceite en la carretera igual nos metemos una hostia y porque a ver si va a ser menos potente que la del cabroncete de mi cuñado a quien los dioses tengan en su gloria (pronto) y porque justo ahora que iba a estrenarla no para de llover y eso que estamos en agosto y el hombre del tiempo pronosticó un anticiclón de dos semanas. El caso es andar siempre quejumbrosos y medio estreñidos, como poseídos por una especie de vago malestar que nos corroe y no nos deja disfrutar de nada.

Muchos se interrogan acerca de porqué nos ocurre esto y se devanan los sesos rastreando sin fortuna una explicación. Sin embargo yo, queridos amigos, tengo a su disposición la respuesta y estoy dispuesto a ofrecérsela con la gentileza que me caracteriza: es porque hay pocos velociraptores. O, para ser más precisos, porque, fuera de las películas de Spielberg y mientras la ciencia de la clonación no acabe de despegar, no hay ninguno que haya sobrevivido al holocausto que acabó con ellos allá por el cretácico (o el jurásico o lo que sea). Y es que convendrán conmigo que si hubiera dos o trescientos mil velociraptores correteando por las calles y plazas de nuestras ciudades ninguno de ustedes andaría perdiendo el tiempo con los atascos, las multas de la zona azul y otras chorradas: todos tendríamos los cinco sentidos puestos en la supervivencia más elemental y nos dejaríamos de estupideces.

No es que nos sobre tontería, que también, es que estamos muy faltos de criaturas malévolas dispuestas a seccionarnos la carótida con sus afiladas garras y por eso nuestra preocupación atávica por la supervivencia (qué comeré hoy, quién intentará comerme hoy), a falta de otro asunto mejor en el que desgastarse, se ha desplazado a un sinnúmero de menudencias que solo demuestran que, a pesar de lo mucho que la civilización avanza, seguimos siendo, en esencia, el mismo simio idiota y harto de piojos que un día se bajó del árbol y empezó a quejarse porque le salían juanetes al caminar. 

Para variar les daré un consejo tan sabio como perfectamente inútil porque es sabido que a partir de los 30 nadie cambia un ápice de su carácter ni aunque lo muelan a palos: no se quejen tanto (da igual que tengan razón o no la tengan, eso es lo de menos, porque lo que cuenta casi siempre no es lo que nos ocurre, sino nuestra actitud ante lo que sucede), no se agobien por tonterías y disfruten de la vida. Vivir es una mercancía sin sustitutivos: por mucho que digan, no hay nada que se le parezca, así que aprovéchenla.

PD. Ayer vi, con un 50% de vergüenza ajena, un 30% de risa floja y un 20% de asombro como un sujeto, a la sazón independentista catalán, se echaba en brazos de Carme Forcadell, la nueva diva del llamado "proceso" (quiero pensar que los que usan ese término no han leído a Kafka, o acaso sí, visto el surrealista giro que en los últimos días están tomando los acontecimientos) y rompía a llorar preso de una incontenible y desgarradora emoción al grito de "jo no vull ser Espanyol". Definitivamente faltan velociraptores y, por eso mismo, sobran todos estos tarados que, mal que les pese, en otro tiempo hubieran estado destinados, por obra y arte de la ciega y, sin embargo, sabia selección natural, a ser el plato principal de su menú del día.


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