jueves, 26 de febrero de 2015

Quién sabe qué...



Estoy a punto de cumplir cuarenta y cinco años y si mal no recuerdo escribo desde los seis, en porciones de papel de embalar que mi tío recortaba con esmero para que no malgastara folios garabateando tonterías. A los doce escribí una carta para que un amigo encontrara la forma de declararse a una chica a la que venía pretendiendo hace tiempo con poca fortuna y fue tal su éxito que durante los meses siguientes apenas daba abasto a redactar, a cambio de un módico precio, cartas de amor para compañeros del instituto que me sacaban dos cabezas y por eso cuando mi madre encontró las quinientas pesetas que yo había ido ahorrando con aquellas epístolas (que no iban dirigidas precisamente a los Corintios) y que, con toda la inocencia del mundo, yo había escondido en el primer lugar en el que mira cualquier madre que se precie (al fondo del cajón de los calcetines) la mía puso el grito en el cielo convencida de que su hijo mayor se dedicaba al tráfico de drogas y, en cierto sentido, visto el asunto con perspectiva, puede que no le faltara razón, porque no hay tráfico más estupefaciente, peligroso ni adictivo que el de las cosas del amor. 

Refiere Borges que el escritor León Bloy dijo una vez que "No hay en la tierra un ser humano capaz de de declarar quién es. Nadie sabe que ha venido a hacer a este mundo,a que corresponden sus actos, sus sentimientos, sus ideas, ni cual su nombre verdadero, su imperecedero nombre en el registro de la luz". Yo, que acaso lo se menos que nadie, escribo -ni siquiera de eso estoy muy seguro- para intentar descubrirlo, pero a estas alturas de la película ya no aspiro a alcanzar ningún género de sutil revelación metafísica sino a dormir en paz y a reconocerme un poco en esa foto del carnet que envejece a pasos agigantados. 

Y entonces sucede que un día cualquiera uno escucha una canción en la radio y de pronto, sin venir a cuento, tiene la sensación de que esa canción habla directamente de ti y te dice unas cuantas cosas que preferirías no oír y, precisamente por eso, no tienes más remedio que quedarte ahí escuchándola con cara de bobo, aturdido y sin respuesta, como el burro amarrado a la puerta del baile de Manolo García, como ese estudiante que rastrea una y otra vez en vano sus apellidos en la lista de aprobados, como un globo de helio que golpea el techo después de una fiesta escolar, como un taxista que duerme la siesta con un pie fuera del coche, como, en fin, todos y cada uno de nosotros cada vez que nos encontramos frente a frente con la infinita hondura y al acerado ardor de la derrota, de la derrota de verdad, esa que no admite excusa porque no es fruto de la mala suerte, ni del árbitro, ni de la climatología, ni de las circunstancias, esa que nos revela que el único secreto, la única respuesta, la única responsabilidad de todo lo que nos sucede está aquí mismo, debajo de la piel, y que cada tropiezo, mal que nos pese, dibuja el rostro de lo que somos, de lo que nos gustaría ser, de lo que tememos, de nuestra luz y de la sombra que proyectamos sobre las cosas, de lo que ansiamos y no tuvimos el valor de agarrar con los dedos y de todo lo que un día, sin saber muy bien cómo o, peor aún, sabiéndolo, perdimos en el fuego. 



No se muy bien adonde voy,
para encontrarme búscame
en algún sitio 
entre la espada y la pared. 

No encontrar el equilibrio 

y agarrarse,
lo contrario de vivir
es no arriesgarse.




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