martes, 24 de marzo de 2015

No saberse las reglas



Woody Allen dijo una vez lo siguiente: "Aunque me gustaría, probablemente no puedo dar una buena razón para justificar que la vida merece la pena, pero si alguien entrara ahora mismo en este cuarto con una escopeta, mi reacción natural, como la de cualquiera de nosotros, será aferrarme a la vida y ponerme a cubierto."

Y es que, efectivamente, la vida está hecha para ser vivida y no para ser pensada: pensar demasiado lo oscurece todo y su único resultado observable es el aumento de la acidez estomacal. Esto, dicho así, claro, es fácil de decir, pero luego hay que llevarlo a la práctica y ahí comienzan los problemas porque, como bien sabe Varoufakis, ese ministro griego que tiene nombre de escolta anotador, una cosa es rellenar el programa electoral de pollos asados y otras jugosas promesas y otra muy distinta convencer a la Troika de que ponga encima de la mesa los cuartos necesarios para pagarlas y, como bien sabe cualquier novio que se precie, una cosa es prometerle amor eterno a tu chica y otra, algo más ardua, esperar a la puerta del Zara en una de esas tardes de compras en las que no se adivina el final del invierno o soportar esas comidas familiares en las que te gustaría tener un bolígrafo desmemorizador de esos que usan los Men in Black con el que poder lobotomizar a tu cuñado que, no nos engañemos, existe porque en el mundo ha de haber de todo para que no falte de nada.

Vivir es estupendo y la alternativa (morirse) no ofrece muchas garantías salvo que estés convencido de que hay una vida más allá y yo, que quieren que les diga, vistos los peculiares registros linguísticos de su alcaldesa, ni siquiera estoy convencido de que haya vida inteligente en la muy soleada ciudad de Valencia. Pero vivir es, las más de las veces, un lío como no hay otro. Por eso sería genial ser una especie de Leo Messi de la vida, capaz de regatear los problemas con un golpe de cintura, fintando y amagando, de colocar los hechos a la altura de las expectativas de un puntapié y de rematar de cabeza todas las dudas y las indecisiones. Pero no nos han sido concedidos tales dones y por eso vamos por ahí como patos al borde del coma etílico, errando muchas veces, lastimándonos casi siempre, huyendo de nosotros mismos con todo nuestro arsenal de miedos y pesares a cuestas y, eso si, ofreciendo a los demás una cara bien seria para que no noten que, por mucho que tratemos de disimularlo, no sabemos nada de nada y que, a pesar de todo el tiempo que llevamos practicando, no tenemos ni la menor idea de cuáles son las reglas de este juego en el que, día a día, se nos va la vida.   

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