viernes, 6 de marzo de 2015

Portavoces del PP diciendo sandeces o el punto exacto en que ya no se puede caer más bajo



Durante un tiempo tuve cierta simpatía por Pablo Iglesias. No por su programa, que me parecía y me sigue pareciendo un catálogo de tonterías tan bienintencionado como potencialmente catastrófico, sino porque el muchacho, que hay que reconocerlo, es muy listo y tiene labia de sobra como para vender ventiladores en Laponia, es capaz de poner frenético a todo el aparato político (PP y PSOE) que lleva engañándonos desde hace más de veinte años, y esa incomodidad suya y ese nerviosismo tan mal disimulados, resultan, por poco habituales, tragicómicos y muy divertidos de contemplar. 

El asunto Monedero supuso el final de ese efímero idilio. Monedero, que me parece un individuo de esos que revelan que cualquiera de nosotros puede ser inteligente y bastante estúpido a la vez e incluso dentro del mismo cuarto de hora, parece bastante sectario y tiene amigos en Venezuela a los que quizás sería mejor no arrimarse mucho. Pero todo eso, si quieren que les diga la verdad, tampoco me importa demasiado. Incluso el hecho de que, como parece, haya ganado basatante dinero asesorando a la protodictadura venezolana tampoco me parece nada del otro mundo, porque aquí el que no corre vuela y hace falta una considerable stock de hipocresía para que quienes se lo reprochen sean precisamente los miembros de un partido, el PP, que está horadado por la corrupción de arriba a abajo y hasta el mismo tuétano y de cuyas andanzas conocen los juzgados de media España. 

Lo malo, lo verdaderamente malo, del asunto Monedero ha sido la reacción defensiva de sus correligionarios al destaparse el asunto. En lugar de encararlo, reconocer que quizás no había actuado todo lo bien que se debería y depurar responsabilidades -como sería de esperar de un partido que hace de la limpieza su bandera- Podemos ha exhibido una reacción de baja estofa y vuelo rasante sólo apta para individuos muy crédulos, que, por otra parte, está a la altura del nivel al que nos tienen (mal) acostumbrados PP y PSOE desde hace ya demasiado tiempo.  

El problema es que para ese viaje no hacían falta alforjas: si lo que queremos son cínicos y caraduras no necesitamos nuevas especies políticas porque los tenemos a tiro de piedra en cada telediario, encarnados en los múltiples portavoces del PP, que están dotados de un rostro de platino iridiado y mienten con la banalidad del que lo tiene por costumbre y, a fuerza de hacerlo una y otra vez, antes sería capaz de dejar de respirar que de decir la verdad. 

No quiero dejar pasar, no obstante, la memorable intervención del ínclito Rafael Hernando, a la sazón portavoz del PP o algo parecido, que en el día de hoy se ha referido con desprecio, sarcasmo y gracietas propias de un borrachuzo en despedida de soltero a Podemos y a Ciudadanos. Bien pensado tiene su aquel la cosa. Hay que tener una huevada XXL para que este caballero se olvide de Bárcenas, de los múltiples latrocinios de la trama Gurtel, de las decenas de imputados del PP de Valencia, del ex-presidente Matas durmiendo en la cárcel, de Blesa, de Rodrigo Rato y sus coleguitas de las tarjetas black, entre otros muchos maleantes con carnet de la gaviota. Pero, claro, ahora que caigo, esos son de los suyos y no cuentan. Los que cuentan son los de los demás, claro.

Si por mi fuera en las próximas elecciones habría un empate técnico entre Ciudadanos e Izquierda Unida (los dos únicos partidos cuyos dirigentes, Albert Rivera y Alberto Garzón no producen vergüenza ajena) y el PP y el PSOE sufrirían una derrota que los convertiría en fuerzas políticas extraparlamentarias, para que así tuvieran ocasión de purgar durante el tiempo que se merecen, que es mucho, sus múltiples y continuadas actividades parasitarias que tanto dinero nos han costado a todos. No caerá esa breva, pero ya me gustaría, ya. 

De toda la alineación inicial del PP, Javier Arenas, Carlos Floriano, Rafael Hernando, María Dolores de Cospedal, Esteban González Pons y Alicia Sanchez Camacho son, sin duda, mis favoritos. Cuando los veo asomar el morro en televisión (en algún caso, que no voy a citar, lo del morro es literal) y escucho las cosas que dicen siempre me posee una sensación de irrealidad, como si el absurdo total se estuviera materializando frente a mi. Mi abuela María,que en paz descanse, tenía más cerebro en cualquiera de sus minúsculos rizos que toda esa caterva de homínidos a los que sólo podría referirme con adjetivos que son, uno a uno y todos en su conjunto, constitutivos de delito. 

Como alguien puede tener en mente siguiera votar a cualquiera de los susodichos es algo que, con franqueza, escapa totalmente a mi comprensión. Será que, como dijo en ocasión memorable el famoso torero el Lagartijo, al conocer por medio de un amigo a un médico histólogo y preguntar en qué consistía eso de la histología y tras recibir la explicación pertinente (explicación que al parecer debió dejarle bastante atónito) respondió: "na, que azi ez er mundo, que hay gente pa tó". Eso debe ser, creo yo, que hay gente pa tó.  




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