De dinosaurios y de bobos



Uno de cada cuatro españoles cree que el sol gira alrededor de la tierra (convendría especificar si creen que lo hace alrededor de Hospitalet de LLobregat o de Manganeses de la Polvorosa) y que los dinosaurios y los seres humanos compartieron mesa y mantel en algún momento de la prehistoria (supongo que en tales ocasiones nosotros debíamos ser el menú), como en aquella legendaria película (que, por razones que no hacen al caso, presumo que ningún hombre heterosexual de más de treinta años habrá olvidado) que llevaba por título "Hace un millón de años" en la que la más bien poco recatada Raquel Welch exhibía el primer bikini de la humanidad.

Bien pensado semejante grado de idiocia científica explica muchas cosas: el desconcertante éxito de esa moderna forma superchería tribal que recibe el nombre de homeopatía, la propensión de los madrileños a votar a Esperanza Aguirre o el ochenta por ciento de la programación de Tele 5 (si exceptuamos Mujeres y Hombres y Viceversa, que es un programa que me encanta ver en vacaciones justo después de levantarme para comprobar que si, que efectivamente existen otros mundos y hasta otras civilizaciones y que no están precisamente en lejanas galaxias sino ahí mismo, en un plató en las afueras de Madrid). 

El cretinismo no distingue de naciones ni de estratos sociales. Cuenta David Foster Wallace en su libro "Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer" que en el curso de un crucero escuchó a los pasajeros formular las siguientes preguntas en el mostrador de atención al cliente:

a) Hay que mojarse para bucear?

b) El tiro al plato se hace al aire libre?

c) La tripulación duerme a bordo?

d) A qué hora es el buffet de medianoche?

Aunque no resulte fácil de asumir hay que reconoce que aquí, entre nosotros (y en todas partes) hay un porcentaje significativo de individuos que son auténticos bobos de baba, cretinos integrales que no saben por dónde les da el aire y que, sin embargo, andan por ahí como si tal cosa, procreando, votando, ocupando concejalías y direcciones generales, impartiendo doctrina en la barra de bares regentados por familias chinas que nunca descansan o mentando a la madre del colegiado en cualquier partido de regional preferente; tontainas, en fin, de todo género y pelaje que para desgracia de todos no se extinguirán con la elegancia con la que lo hicieron hace unos cuantos millones de años los dinosaurios.

Ser consciente de que la tontería existe y de que ha venido para quedarse y de que más pronto o más tarde tendrás que sufrirla no arregla nada, pero te permite entender por que muchas cosas son como son y no como tendrían que ser. Si, además, consigues desplegar una mirada un poco irónica y un poco compasiva sobre nuestras debilidades y nuestras estupideces habrás recorrido ya un largo trecho del camino.




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