miércoles, 29 de abril de 2015

Finales sin final




Cuando regresó su marido no volví a verla. Aunque en cierto modo resultaba previsible que sucediera algo así y no faltó quien me lo advirtió, siendo honesto no puedo decir que fuera culpa suya. Hubo un momento -o varios momentos, no lo sé exactamente- en los que era evidente que ella estaba dispuesta a dejarle por mi, a empezar una nueva vida conmigo. Pero no quise, así que me encargué de buscar obstinadamente la forma de impedirlo. Tuve miedo. O vértigo, que es otra forma menos vergonzante de decir miedo.Y en ese estado de cosas al regresar él ya no tenía ningún sentido que nos siguiéramos viendo, por mucho que a ambos nos apeteciera, que nos apetecía y mucho. Supongo que hay historias que acaban y que de esas hay algunas que tienen un final feliz y otras que lo tienen más bien triste y que, en cambio, hay otras historias que simplemente no tienen final porque no pueden tenerlo, porque sólo existieron en una singularidad gravitatoria a medio camino entre la ficción y el mundo real, más allá del sonido de las campanas y del canto gutural de las tórtolas en el patio vacío de un colegio un sábado por la tarde, en un espacio mítico en el que el amor no atiende a razones, sobrevuela los tejados y se basta por si mismo para llenarlo todo, sin excusas, sin miedo y sin remordimientos. Lástima que el mundo real no sea así. O, peor aún, que no seamos lo bastante valientes como para hacer que sea como querríamos que fuera. No lo se. A medida que me hago mayor en vez de aprender voy desaprendiendo hasta el punto de que ya voy agotando las certezas, como si el tiempo las hubiera ido desgastando, así que no se asombren si les confieso que a estas alturas de la película ya no estoy seguro de casi nada, si exceptuamos la verdad inconsolable y, dadas las circunstancias, completamente inservible, de que la amé como jamás he amado a nadie en todos los días de mi vida y de que no existe ninguna terminal de llegadas de aeropuerto en la que no sueñe con verla allí, esperándome al otro lado de la barandilla con sus zapatos de niña buena y su sonrisa estratosférica, para decirme ya está, no tengas miedo, se acabó, abrázame fuerte y quédate conmigo para siempre, pedazo de idiota. 






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