miércoles, 20 de mayo de 2015

Parménides versus Heráclito




Desde un punto de vista fisiológico la memoria no es más que un patrón de conexiones neuronales. Cada sensación que experimentamos o recordamos y cada pensamiento consciente o inconsciente altera las conexiones de nuestra vastísima red neuronal y transforma el mapa de nuestro cerebro. Por eso cuando cualquiera de ustedes termine de leer esta frase, su cerebro ya habrá cambiado desde un punto de vista físico lo que, en cierto sentido, viene a dar la razón a Heráclito en su pelea con Parménides, aunque ninguno tenga la menor idea de a qué me refiero porque en clase de filosofía se dedicaban a cualquier cosa menos a prestar atención y así les va en la vida (mucho mejor que a mi, con toda seguridad).

Desde que tengo uso de razón me inquietó una pregunta, o si lo prefieren, una respuesta: imaginen conmigo a un niño de una remota república africana, a un niño que nunca tendrá un violín en sus manos, un niño que ni siquiera sabrá de su existencia pero que, en otras circunstancias –otra educación, otro país, otra época, otra suerte- habría sido un intérprete genial de ese instrumento. ¿Lo echará de menos alguna vez? ¿Se le aparecerá en sueños? ¿Intuirá en una música escuchada por azar en la radio que hay algo en ese destino que le reclama? ¿Se puede añorar aquello que no se llegó a conocer con sólo presentirlo? La lógica indica que la respuesta es negativa y,  sin embargo, me gustaría pensar que, en este caso particular, la lógica se equivoca.  En el fondo la cuestión involucra otra: somos lo que somos, un ser inmutable (como decía Parménides) o somos un devenir, un catálogo de las cosas que podríamos haber llegado a ser bajo determinadas circunstancias (como diría Heráclito).

En cualquier caso llevo tanto tiempo haciéndome este tipo de preguntas inservibles que he de confesarles que llegado este punto las respuestas me importan muy poco. Es más, si he de ser franco (sin ser Bahamonde, eso no) les diré que a estas alturas de la película de lo que se trata es de que a nadie se le ocurra contestármelas, porque una respuesta imprevista y demasiado certera podría obligarme a revisar mi propia vida y, no nos engañemos,  hay un momento impreciso pero irremediable en el que ya no estamos en condiciones de revisar nuestros aciertos y, mucho menos, nuestros fracasos, que, por mucho que a veces nos lo parezcan, no son ni más feos ni más originales que los del vecino del tercero, porque, al fin y al cabo, todos somos miembros del mismo club: una humanidad perpleja que sabe que Dios no existe pero que lo necesita para conciliar el sueño y que no puede amarse a si misma por la sencilla razón de que todos nos conocemos demasiado a nosotros mismos y, como es natural, vistos desde tan cerca no acabamos de gustamos demasiado. 


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