sábado, 5 de septiembre de 2015

Bailando con bobos



Desde un punto de vista histórico el analfabetismo es la regla y la cultura la excepción. Siempre ha habido analfabetos y, en términos cronológicos, casi todos los habitantes del mundo lo han sido hasta ayer por la noche a eso de las once y media. No obstante, serlo nunca había sido motivo de orgullo, sino todo lo contrario: se trataba de algo que los afectados -aunque no fuera culpa suya- trataban de disimular lo mejor posible, de una lacra y un baldón que cada generación intentaba remediar dando la mejor educación posible a sus hijos. Por suerte, en nuestro tiempo la situación ha cambiado y la educación o, mejor dicho, la escolarización, que no es lo mismo, alcanza ya a casi la totalidad de la población del mundo occidental. Y sin embargo, pese a ello, sigue habiendo analfabetos a millones, sólo que ahora se trata de analfabetos con estudios e incluso con estudios universitarios y teléfono móvil de última generación. 

Me refiero a esos sujetos (todos tenemos un pariente así, que por alguna extraña razón suele ser un cuñado o cuñada) capaces de descifrar las letras y sus combinaciones, pero incapaces de entender nada que exija un mínimo esfuerzo intelectual: una novela, un prospecto, un artículo de periódico o un argumento lógico. Se trata de analfabetos funcionales, de individuos que han tenido acceso formal a la educación pero que no parecen haber sacado ningún provecho de ella. 

Los expertos en marketing saben que son muchos y que su número no para de crecer, así que no les quitan el ojo de encima. Por eso la televisión se inunda de programas que se asoman durante horas y horas, día tras día, a los detalles más insignificantes y morbosos de los crímenes más truculentos y que se regocijan sin descanso en los vaivenes amorosos/sexuales de sujetos sin oficio conocido. Por eso las consignas de los partidos políticos –con contadas excepciones- constituyen auténticas ofensas para la inteligencia y por eso mismo sus portavoces ni siquiera se esfuerzan en disimular que se están cachondeando del votante en su propia jeta, en pantallas, eso sí, de cada vez mayor definición y profundidad cromática.

Atendiendo a su número son la nueva clase dominante. Y a la vez nunca dejarán de ser la clase dominada, los parias y los tontos útiles, porque los que dirigen el cotarro trabajan para darles gustirrinín, pero son infinitamente más listos que ellos, así que los acarrean y conducen cual pastores de ovejas merinas para que consuman y no se cuestionen nada de lo que sucede a su alrededor, como conejillos de indias que ni siquiera sueñan con escapar de la rueda en la que dan vueltas sin parar.

Bertrand Russell escribió una vez en su Autobiografía (libro que recomiendo encarecidamente) lo siguiente: “Puede que haya creído que el camino hacia un mundo de hombres libres y felices era más corto de lo que se está revelando, pero no me equivoqué al pensar que ese mundo es posible, y que merece la pena vivir con miras a volverlo realidad". Creo que Russell habría estado de acuerdo conmigo en que no será posible un mundo de hombres libres y felices si no conseguimos elevar el nivel educativo de nuestros conciudadanos, fomentar su interés por la cultura y, muy especialmente, fortalecer su espíritu crítico para que puedan escapar de la tiranía del dogmatismo político y religioso, que siempre permanece al acecho en su intento de acabar con las mejores obras de la civilización y del espíritu humano. Ningún esfuerzo en ese campo será jamás excesivo.

PD. Deberíamos untar a los miembros del Estado Islámico con una gruesa capa de manteca de cerdo y dejar que se sequen al sol amarrados a un poste hasta que se los coman las moscas. O lanzarles una docena de bombas termonucleares de esas que todas las potencias occidentales tienen en stock desde los tiempos de la guerra fría. O las dos cosas, por ese orden. Lo que sea, con tal de exterminarlos y borrar su pestilente y ominosa jeta barbuda de la faz de la tierra, pues son la encarnación viviente de todo lo que desprecio, de lo peor del ser humano, de la sinrazón en su grado más extremo, auténticos partidarios de la infelicidad y la barbarie, que no merecen consumir un átomo más de oxígeno. Que no me caen nada bien, quiero decir, vamos. 


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