viernes, 4 de septiembre de 2015

10 mandamientos (más o menos)




El maestro Borges, que temía que llegara un día en que al mirarse en el espejo su propia imagen no estuviera ahí, dijo que al correr de los años había reparado en que -frente a lo que suele afirmarse por convención- la belleza, como la felicidad, es frecuente, y que no pasa un día en que no estemos un instante en el paraíso.

El aforismo me parece radicalmente cierto. Sucede, no obstante, que estamos entrenados para concentrarnos de forma selectiva en lo que no funciona como nos gustaría, en lo que no somos capaces de conseguir, en las miradas de desaprobación, en perder el tiempo con preocupaciones que no son más que boludeces y en comportarnos, en fin, como perros que persiguen una pelota que siempre se escapa rodando montaña abajo más rápido de lo que ellos pueden menear las patas.

Mi padre que no era ningún filósofo –hubiera sido el primer filósofo matarife municipal- era, entre otras cosas, un individuo con una fuerte propensión hedonista. Y bien que se lo agradezco, por los momentos que compartimos juntos y por el eco que ahora encuentro en mi propia personalidad de ese rasgo suyo. Si tuviera que resumir mi filosofía personal en este punto lo haría de la siguiente forma:

“No creo que hayamos venido al planeta para sufrir ni para quejarnos como coyotes malheridos por cualquier tontería ni para exaltar el dolor como una forma de expiación”

Ya que estamos voy a proponer diez mandamientos alternativos a los que todos aprendimos en el colegio. Ahí van, con un par:


1) El descanso es esencial para la formación del pensamiento y el equilibrio emocional.

2) El humor es imprescindible. Sin humor nada es interesante. Sin humor no hay auténtica inteligencia.

3) No hay que sentirse culpable por buscar el placer porque esa búsqueda es una condición natural del ser humano. Tenemos derecho a disfrutar de lo que nos gusta con la única condición de no perjudicar a nadie por hacerlo.

4) La curiosidad es el motor del universo: un buen hedonista es un infatigable investigador de los minúsculos prodigios de la vida, alguien que intuye que lo inaudito está a la vuelta de la esquina.

5) La forma en que pensamos tiene consecuencias emocionales. Por eso si lo hacemos demasiado, si lo racionalizamos todo, si tratamos de anticipar todo lo que sucederá y sus consecuencias, acabamos limitando el valor funcional de los sentimientos y viviendo con una pesada carga sobre las alas que nos impedirá remontar el vuelo. Hay que ser capaz de ver, oler y mirar. Hay que desconectar el horno de pensar de vez en cuando.

6) Aceptemos la derrota con deportividad. Nadie es feliz a tiempo completo. Si nuestra esperanza de vida es de unos ochenta años no tiene nada de raro que de vez en cuando metamos la pata y nos llevemos una buena bofetada. Al fin y al cabo si sobrevivimos para contarlo es que no ha ido mal del todo y, de paso, supongo que habremos aprendido alguna cosa en el camino (aunque sólo sea que no nos apetece volver a caer, porque, no lo olvidemos, somos hedonistas, no quejicas ni masoquistas).

7) Levantémonos cada mañana con la convicción de que el día que comienza irá bien. No es una buena idea empezar el partido convenciéndote a ti mismo de que la derrota está asegurada. 

8) No juzguemos con demasiada severidad al prójimo por mucho que nos toque las pelotas. Resulta mucho más provechoso tratar de corregir en cada uno de nosotros los errores que observamos en los demás. Así, de paso, descubriremos que esa tarea amén de ardua es infinita. 

9) Ama mucho y quiere todavía más. Si ese afecto es autentico la gente que te rodea lo notará y te lo devolverá por triplicado.

10) No dejes que nadie te diga cómo tienes que ser feliz. Pero trata de serlo a toda costa y sin dejarlo para mañana, porque es probable que la próxima vez que tiren los dados ya no estés ahí para contarlo. Carpe diem, amigo. 

PD. Los más observadores habrán reparado en que como buen hedonista no incluyo entre mis mandamientos ninguno relativo a la mujer del prójimo (por cierto, el mandamiento original era: no codiciarás la casa de tu prójimo, ni a la mujer de tu prójimo, ni a su sierva, ni a su criada, ni su buey ni su asno). La iglesia, ya lo saben, siempre tan feminista. Por otra parte como nunca voy a misa no tengo ocasión de pregunte al cura de mi pueblo qué ocurre en el hipotético caso de que sea la mujer del prójimo la que lo codicie a uno. 



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