domingo, 23 de octubre de 2016

Casi lo mismo a veces es muy distinto



Cuando volvió ya no era la misma. Estoy casi convencido de que ella no lo notaba, pero para mi, que la había conocido tiempo atrás -no demasiado tiempo atrás en realidad- la diferencia entre las dos versiones era sutil y abismal a la vez. La que se fue era una mujer que todavía deseaba enamorarse, dispuesta a recorrer cuatrocientos kilómetros de autopista, optimista, alegre, abogada de todo tipo de causas perdidas, cabezota, malhablada, sexy y loca de remate. Una mujer de la que te enamorabas si o también. Y punto pelota.  

La que regresó, en cambio, era una mujer igual de hermosa pero cansada de los proyectos de pareja que salen mal, de los hombres que prometen románticas excursiones por la luna y otros satélites de la galaxia y que luego se aburren de las relaciones y acaban confesando que tienen miedo al compromiso para no tener que reconocer algo bastante peor: una lacerante falta de madurez o el hecho de que ni siquiera saben lo que quieren porque, en el fondo, ya no quieren nada que no sea follar de vez en cuando con una persona que a cambio no les pida unas explicaciones que ni tienen ni estarían dispuestos a dar aunque las tuvieran.

A lo largo y ancho de nuestra vida nos toca jugar todas las cartas de la baraja: a veces queremos a alguien que no nos quiere, a alguien que cree hacerlo o a alguien que dice hacerlo sin que se note nada; a veces somos amados por alguien y ese amor es correspondido y otras, en cambio, apenas seremos capaces de recordar el nombre de la persona que una mañana de febrero, bajo la ventisca que cubría el cielo de color plata, junto a la peluquería de su madre, nos confesó sus sentimientos. En todas esas manos del juego hay felicidad y sufrimiento en dosis variables e imposibles de prever y por eso el amor es tan divertido y, a veces, tan rematadamente cabrón. 

Pero una de las cosas más tristes que puede ocurrirte es reencontrarte con algo que un día fue efímero pero formidable y descubrir que, aunque todavía se parece a aquello que fue, al modo en que la ceniza conserva el aroma del fuego, ya no es lo mismo; que hay algo intangible y hermoso que ella tenia y que era capaz de volverte loco que ya no está y no va a regresar.

Supongo que fue desapareciendo poco a poco en la densa alambrada de espino de todas esas relaciones que, por una razón o por otra, no fueron como uno hubiera querido y acabaron erosionando cada minúsculo fragmento del aliento adolescente que resulta imprescindible para volver a intentarlo una y otra vez, las veces que haga falta, con la certeza de que un día incierto pero seguro todo saldrá bien, aparecerá el rótulo que indica el final de la película y hasta los figurantes se pondrán a comer perdices (o tofu, en su caso) como si no hubiera un mañana, con grave peligro para los niveles de colesterol y triglicéridos, que ya tenemos una edad y los excesos los acabamos purgando a base de Almax. 

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