lunes, 26 de diciembre de 2016

Tontos




Acabo de leer en el diario Ara el revelador comentario de un lector en relación con un artículo de contenido económico. Traduzco la frase, escrita en catalán en el original:

"Que manía con el pleno empleo. ¿Qué tal una renta universal y que sólo trabaje el que tenga ganas?".

Una renta universal y que sólo trabaje el que tenga ganas. No sé como no se me había ocurrido a mi antes, la verdad. Es un plan formidable, sin fisuras, con la misma solidez que los mamparos del Titanic que lo convertían en completamente insumergible. 

Al leer estas cosas se entienden mejor los desastres electorales que se han ido sucediendo a lo largo de este año: estamos rodeados de idiotas. Y así nos va. 

Conste que me limito a enunciar un hecho, pero que no lo censuro ni lo alabo, porque, como dijo una vez Borges, censurar y alabar son operaciones sentimentales que nada tienen que ver con la crítica. Que hay idiotas a nuestro alrededor parece bastante evidente. Lo que me gustaría saber es por qué razón parecen ser cada vez más numerosos.

Aprovecho la coyuntura para subrayar, eso si, un curioso atributo de la estupidez humana: por mucho que una persona sea un idiota y persista en comportarse como tal a tiempo completo, está mal visto decírselo a la cara. Me viene a la mente, mientras escribo esto, un ejemplo que juzgo pertinente: en el año 2008, durante la primera campaña presidencial de Obama, el entonces aspirante a Vicepresidente y Senador por Delaware, Joe Biden, sostuvo un debate muy sonado con la aspirante republicana a la Vicepresidencia y representante del ultraconservador movimiento Tea Party, la Gobernadora de Alaska Sarah Palin.

Joe Biden contaba con una sólida formación y una dilatada experiencia política, mientras que Sarah Palin se había pasado las semanas anteriores al debate diciendo sandeces. Lo curioso del caso es que, al parecer, durante la preparación del encuentro, los asesores de Joe Biden, hicieron hincapié en que debía tratar de evitar que Palin pareciera "demasiado" idiota, porque eso le haría parecer a él, a su vez, condescendiente y, en cierto modo, prepotente y eso podría volverse en su contra.

¿Tenían razón sus asesores? La tenían. Sin duda. En nuestra sociedad asistimos a una exaltación del anti intelectualismo y a una glorificación de lo irracional de la que dan cuenta fenómenos como la proliferación de la homeopatía, el rechazo a evidencias científicas de tanto calado como el calentamiento global, la exaltación del desparrame en el gasto público como epítome del progresismo o la despiadada barbarie apoyada en absurdos pretextos religiosos del terrorismo islamista.

Una sociedad anti intelectual está llena de personas que tienen como leiv motiv de su actuación el miedo o el odio y que por eso son más proclives al misticismo, la paranoia y, en general, a aceptar como verdades reveladas e incuestionables todo tipo de visiones dogmáticas, simplistas y triviales de la realidad. A esas personas lo científico y lo intelectual les producen recelo y una aversión casi instintiva porque ponen en peligro su cómodo arsenal de lugares comunes.  Y a esas personas, por supuesto, no se les puede hacer saber que son idiotas, porque lo que caracteriza a todos los cretinos del mundo habidos y por haber es que están absolutamente convencidos de que no lo son.

Por eso mismo en las cenas de navidad para evitarse problemas y mantener la fiesta en paz es mejor poner el interruptor del cerebro en modo suspensión y dejarse llevar por la corriente como un trozo de madera carcomida por la polilla, porque de lo contrario más de una vez la cosa acabaría muy pero que muy malamente. Claro que así, con los listos disimulando y los majaderos campando por ahí a sus anchas quizás no sea tan de extrañar que los segundos parezcan tantos y los primeros tan pocos, no les parece?


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