viernes, 13 de enero de 2017

Café Society


Esta noche he visto Café Society (2016) y tengo que confesar que desde Días de Radio (1987) no ha habido ninguna película de Woody Allen que me haya gustado tanto. Hay, por cierto, algunas curiosas conexiones entre las dos: el contraste entre la modesta vida familiar y el oropel de las estrellas, la ambivalente sensación que produce celebrar la llegada del año nuevo sabiendo que nos queda un año menos y que hay personas muy queridas que ya no están con nosotros. Y hay, también, algo más que trataré de explicar.

De niño, cuando cogía una bronquitis de las mías y me quedaba en la cama tosiendo me atormentaba imaginar cómo sería el mundo exterior en mi ausencia. En el fondo tengo que confesar que me resultaba difícil aceptar que todo siguiera adelante como si tal cosa, que hubiera clase, recreo, que Eva Rodríguez o Inmaculada Riesgo continuaran sonriendo como siempre lo hacían y que el autobús escolar hiciera su ruta de siempre. Pero era así. Muy a mi pesar, todo parecía seguir su curso igual que si yo no existiera. 

Tengo la impresión de que a lo largo de nuestra vida todos intentamos responder a una o varias preguntas que rara vez llegamos a plantearnos en voz alta. Me refiero a esas que están sepultadas y selladas con con varios candados en el fondo de nuestra conciencia porque su respuesta nos obligaría a afrontar aspectos de nuestra realidad que preferimos olvidar o que tienen implicaciones que nos resultan inaceptables. En cada caso esos interrogantes son diferentes y, a la vez, bastante universales: ¿Por qué mi padre/mi madre no me querían? ¿Por qué aquella relación no salió como a mi me habría gustado? ¿Por qué mis hija mayor es idiota? ¿Por qué me casé con este cretino que no para de roncar? ¿Por qué no hice lo que siempre quise hacer? ¿Por qué no me quedé con ella?

En mi caso mi pregunta tiene que ver con las vidas que no he vivido, porque, de alguna forma que no puedo explicar, soy capaz de percibir su presencia de una forma casi física, como si pudiera levantarme del sofá, asomarme a la ventana y echarles un vistazo. Por eso me fascinan los aeropuertos (porque cada destino es una nueva vida que discurre a una puerta de embarque de distancia), los trenes nocturnos (porque cada viaje encierra una historia, una pregunta y una promesa), los espejos fatalmente repetidos (porque intuyo que al otro lado del espejo me mira alguien que se parece sospechosamente a mi pero que no soy yo y que, por tanto, debe llevar una vida distinta de la que no sé nada) y las horas oscuras de la noche (porque en ellas los bordes de la existencia se difuminan y todo parece posible de nuevo, como si las cartas volvieran a barajarse). 

En cierto sentido, nada metafórico, imagino la vida al modo en que lo hacía Borges en aquel cuento, como un jardín con infinitos senderos que se bifurcan. Tomar uno de ellos significa renunciar a todos los demás y cada decisión, a su vez, nos aboca a otras nuevas decisiones y nuevas renuncias. Café Society habla justo de eso: del vértigo de las vidas no vividas y de la incertidumbre de la existencia. 

En la película los dos protagonistas eligen (para ser exactos ella toma la decisión por los dos) no estar juntos. Sin embargo, al correr de los años no pueden evitar preguntarse como hubiera sido su vida si todo hubiera sido diferente, si hubieran convertido su amor en algo más tangible que un sueño intermitente vivido a través de unos cuantos encuentros furtivos.

En la película Woody Allen dice (por persona interpuesta) que la vida es una comedia escrita por un comediógrafo sádico. Y es cierto. Nunca sabes como te va a ir y nunca llegarás a saber como te habría ido si hubieras hecho algo diferente. Hay una desgarradora e inevitable ambivalencia en el hecho de vivir, como si no nos quedara más remedio que avanzar por una selva virgen que a cada paso nos araña la cara y nos va desgastando y que, por si fuera poco, no deja de susurrarnos al oído que nos estamos desviando del camino, que no es por ahí, que la vamos a joder otra vez. 

Con el tiempo he llegado a la conclusión (provisional y sospechosamente consoladora) de que cada uno de nosotros tiene una propensión específica a la felicidad que es relativamente impermeable a los acontecimientos. Lo diré de una forma menos retorcida: todos, en nuestro carácter, arrastramos la semilla de nuestra propia felicidad/infelicidad y por eso ese carácter acaba siendo tanto o más relevante que nuestras decisiones: porque nos acompaña o nos persigue, según el caso, a través de ellas. Por eso la gente a la que le toca la lotería acaba siendo igual de feliz/infeliz que antes: porque la lotería no cambia el carácter, sólo la marca del coche y el precio del menú. 

¿Cuál es la moraleja? Que no hay moraleja. Que no puede haberla porque nunca se sabe y que no saber es una enorme putada existencial que cada uno de nosotros vadea como buenamente puede. Y sin embargo, a pesar de eso y a pesar de todo, hay que intentar ser felices, aunque sólo sea porque en cualquier momento la orquesta dejará de tocar y se acabará la música para siempre.







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