lunes, 9 de enero de 2017

Lleida



Unas cuantas entradas atrás escribí -fusilando una frase de la película Las Crónicas de Riddick (Vin Diesel), justo antes de que el protagonista aterrice en el planeta/prisión Crematoria- que si fuera el dueño de Lleida y de Mordor vendería Lleida a algún incauto y me iría a vivir a Mordor, aunque cada noche tuviera que hacerle la cena a Sauron. Pero no es verdad: no la vendería, la regalaría, porque no me imagino a nadie tan primo como para malgastar ni un céntimo de euro adquiriendo este páramo desolado. 

Llevamos más o menos un mes bajo la niebla. Y no, no es una niebla metafórica, es niebla de verdad, de la que casi se puede cortar con una motosierra de esas que no paran de anunciar durante las retransmisiones de los partidos en la Cope. En la última semana, además, apenas sobrepasamos los cero grados... de máxima. 

La mínima es de varios grados bajo cero pero el dato concreto tampoco importa mucho porque para sobrevivir procuramos no salir a la calle: vamos de casa al parking, del parking al coche, del coche al super y del super a casa pasando por el parking, como si una epidemia de zombies sarnosos estuviera arrasando las calles de la ciudad a mordiscos y fuera necesario guarecerse de sus gélidas mandíbulas.

Pero hay que ser optimistas. En Lleida no todo es frío. Dentro de un par de meses saldrá el sol y casi sin transición llegará una primavera que se parecerá mucho al verano, tanto que es posible que a finales de mayo tengamos ya 38 grados y estemos a punto de asfixiarnos. Es lo que tiene vivir en una ciudad que no conoce el término medio.

En fin, que un día de estos saldrá el sol. Espero. 

PD. Eso que se intuye en la foto es la torre de control del aeropuerto de Lleida. Con semejantes condiciones ambientales huelga decir que los aviones, claro, no aterrizan porque para hacerlo el piloto tendría que sacar la mano por la ventanilla y comprobar al tacto si el suelo está cerca y por alguna extraña razón este procedimiento de aproximación intuitiva no acaba de contar con el beneplácito de las autoridades de aviación civil. Por eso los esquiadores ingleses que vienen a los Pirineos se encuentran con la sorpresa de que aterrizan en Reus, al lado de la playa y a unos doscientos kilómetros de las montañas. Pero no todo es malo, como la conexión Tarragona-Lleida-Pirineos es excelente esa distancia puede cubrirse en un suspiro, unas tres horas y media aproximadamente. 

PD2. Al hilo de lo anterior quiero expresar mis mas sinceras felicitaciones al genio del marketing/delirio/fraude que bautizó a la estación de tren como "Lleida-Pirineos". Como a los Pirineos hay apenas unos 150 kilómetros y unas dos horas y pico de viaje, propongo a las autoridades competentes que, puestos a echarle imaginación al asunto, no se queden a medias y que la rebauticen como "Lleida-Pirineos-Mediterraneo" porque, aunque la carretera tampoco sea ninguna maravilla, lo cierto es que se tarda bastante menos en llegar a la playa que a la montaña (hora y media, cien kilómetros) y, así, con cambiar cuatro carteles hacemos línea y continuamos para bingo. 


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