miércoles, 11 de enero de 2017

Nunca fue insomnio



De niño me gustaba quedarme en silencio frente a la cama de mi padre mientras él se iba adormeciendo poco a poco, saltar la tapia del pequeño cementerio de Prendes que con los años acabaría siendo desplazado por un polígono industrial (ni siquiera la muerte se escapa de las fauces del progreso), escuchar música en mi aparato de radio portátil, contemplar la confortable luz de los trenes nocturnos llenos de rostros desconocidos y tumbarme debajo de los chopos que prestaban su sombra al domesticado río de mi pueblo. Pero lo que más me gustaba de todo era asomarme de madrugada a la ventana y quedarme ahí contemplando los campos y las calles desiertas cuando nadie podía verme. 

Por aquella época la lluvia caía sin parar y en cierto sentido me parecía que la noche -a esa hora en la que se oye hasta el ruido del agua dentro de las alcantarillas- desplegaba a mi alrededor una red de anonimato que, como una capa de invisibilidad, me protegía de un mundo al que, como una pieza con algún defecto de fábrica, no era capaz de ajustarme del todo. Incluso ahora, cuando regreso me doy cuenta de que hay grietas en esa carretera y dentro de mi mismo que ya estaban ahí cuando tenía diez años. Entonces también me fijaba en esos detalles. Supongo que hay cosas que se resisten a cambiar. 

Hace dos horas que ya no es medianoche pero justo ahora la noche es más oscura de lo que nunca llegará a ser y todos los seres vivos y sus minúsculas y tenaces almas conspiran en silencio. Dos amantes se despiden junto al puente, en la esquina en la que hace un par de años había un McDonalds. Uno de ellos sonríe y en esa breve ceremonia -aunque ellos todavía no lo ven venir, como no lo vieron los bisontes al llegar el ferrocarril ni lo ven los gatos que deambulan por las carreteras secundarias- percibo el melancólico aroma de las rosas que ya han empezado a convertirse en cenizas y la falta de aliento de esas olas moribundas que se quedan sin espuma justo antes de llegar a la playa. Alguien pasa y me señala con el dedo índice. Ese alguien me mira con unos ojos hundidos y ausentes que de pronto emiten un destello rojizo y y fantasmal justo antes de desaparecer. 

Me gustaría escribir una frase que fuera honesta y que también fuera verdad (no, no es lo mismo). Una frase que dijera algo que no haya dicho antes. Pero sé que esa tentativa es inútil porque, si no llevo mal la cuenta, tengo casi cuarenta y siete años y a mi edad ya es hora de ir renunciado al vanidoso intento de dejar de ser el que soy -el único que puedo ser de entre todos los seres posibles- y, por eso mismo, no ignoro que estoy condenado a repetirme una y otra vez cada noche, de la misma manera que todo volverá a repetirse mañana por la mañana, incesante y febril, reluciente, infinito y atroz. 



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