lunes, 7 de noviembre de 2011

Historia universal de la infamia


Hace unos años, la milicia islamista Al Shabab -a la que pertenecen los intelectuales que aparecen en la foto de arriba-, que controla gran parte del territorio de Somalia, prohibió las campañas de vacunación infantil, por considerar que no eran otra cosa que un sutil intento de manipulación occidental (nótese lo refinado del argumento).

El resultado es que ahora miles de niños mueren a causa de enfermedades que esas vacunas hubieran impedido. Y no contentos con eso, mientras la población padece incontables miserias a consecuencia de la sequía y de una hambruna galopante, Al Shabab impide el trabajo de las organizaciones humanitarias internacionales por considerar "que son espías y trabajan con una agenda política".

Una de las contadísimas lecciones que ofrece la historia humana es la constatación de nuestra irredimible estupidez, que, lejos de agotarse, siempre encuentra renovadas y sorprendentes formas de expresión.

En nuestro tiempo, el islamismo radical constituye una de las más vigorosas forma de idiocia colectiva: un conjunto de perturbados mentales que aspira a convertir -sin reparar en medios- sus particulares desatinos y sus fanáticas ensoñaciones religiosas en patrón de conducta universal.

Lo más curioso del islamismo radical es que exhibe una total falta de respeto, no ya por los ajenos, los infieles (es decir, por nosotros), sino por los propios: si para extender la fe hay que poner una bomba en la cola de una oficina del empleo en Afganistan y llevarse por delante a decenas de fieles musulmanes no pasa nada. Todo sea por la fe. Y por Ala, que, como es sabido, es muy grande (supongo que para compensar lo frustrantemente cortos de entendederas que son sus más devotos seguidores).

Hace poco me divertí mucho viendo una película inglesa (Four Lions) que ridiculizaba las tentativas terroristas de un grupo de jóvenes musulmanes que, con notable fanatismo y poquísimas luces, intentaban convertirse en mártires de la fe a base de atentados terroristas (bastante cutres, por cierto). La película era -en la forma- una comedía pero, poco a poco, uno se daba cuenta de que la ironía y el humor no eran nada más que la amarga envoltura de una tragedia que ha ocasionado ya mucho sufrimiento y que no tiene visos de detenerse (sobre todo si nosotros, los occidentales, nos comportamos como si el asunto no fuera con nosotros).

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