martes, 7 de febrero de 2012

Necróferos, órganos de dirección y morenas inasequibles



En "Las Crónicas de Riddick" los necróferos vagan por la galaxia destruyendo civilizaciones al dictado de su líder, un semidiós que, al parecer (no hay constancia gráfica del momento), llegó a los confines del subuniverso y regresó a la hora de cenar dotado de poderes inimaginables.

Una vez intenté hacerle un resumen parecido de la película a una ex-novia. La explicación no debió ser nada del otro mundo, porque cuando intentó repetirla con sus propias palabras -en presencia de terceros- sustituyó con toda naturalidad a los necroferos (los portadores de la muerte) por los necrófilos (los que comen porquerías muertas), dando así un interesante toque gore al asunto.

Esa es la esencia de la comunicación humana: la falta de entendimiento. No se trata de mala voluntad, ni de indigencia intelectual (que también). Se trata de que apenas nos entendemos a nosotros mismos y, ya no digamos, a los demás, porque, aunque estemos convencidos de lo contrario, no tenemos ni siquiera la más remota idea de dónde nos pica para empezar a rascarnos.

Pongamos un ejemplo. A nadie se le escapa que el PSOE navega hace tiempo a la deriva y que, por lo que parece, sus huérfanos dirigentes han tomado como modelo y referente al ínclito capitan Schiattino (ese admirable individuo cuya conducta constituye, dicho sea de paso, una de las cúspides históricas de la estulticia humana aplicada a cualquier género de actividad).

Para retomar el rumbo el PSOE tiene que elegir entre dos individuos que, así a ojo, no parecen dotados de habilidades sobrenaturales:  Rubalcaba, un veterano curtido en las guerras de las Galias  y Carmen Chacón, una chica bienintencionada y, los dioses me lo perdonen, considerablemente angosta de entendederas.

Gana Rubalcaba. Entonces, exultante, su mano derecha, Elena Valenciano, proclama a los cuatro vientos que ha ganado "el cambio con contenido". Apenas repuesto del estupor y, antes de seguir escribiendo, me gustaría detenerme un momento y dirigirme a ti, Elena, para decirte, con todo el afecto que soy capaz de reunir cuando no hay perspectivas de sexo: ¿Qué narices de cambio va a encarnar un tío que hace treinta años que no se baja de un coche oficial? ¿El cambio de aceite?

En fin. Yo, que voy siendo ya mayor (y la cosa empeora a cada instante), contemplo las catástrofes del PSOE como propias porque, mal que me pese, afectan a muchos de los que siento más cercanos. De los otros, del PP, no espero nada salvo una gestión económica algo más recatada y la habitual ristra de chorradas carca (prohibamos el matrimonio gay, prohibamos el aborto pero, a cambio, permitamos edificar hasta donde llegue el agua por la rodilla en bajamar).

Dar recetas es tan fácil como improductivo. Pero recomendaría, a riesgo de perder el tiempo, algunas cosillas a mis preclaros amigos del PSOE:

- Está bien que en los órganos directivos haya buena gente. Pero convendría también que hubiera gente buena, con una sólida preparación y experiencia acreditada de gestión. Y, siento decirlo, esa especie no abunda en el partido todo lo que debiera.

- Lo de gritar "somos progresistas" ya no cuela. Ahora hay que ser progresista con los zapatos: manejando de forma eficiente los recursos públicos y comportándose, en la vida pública y privada, conforme a un conjunto de principios éticos que son tan antiguos como imprescindibles.

- Conviene recordar que la sociedad ha cambiado. Sus necesidades, sus miedos y sus esperanzas son ahora otros. No podemos seguir utilizando viejas recetas ni lugares comunes para hacer frente a esos nuevos problemas.

- Es preciso abandonar la peregrina idea de que el "consenso" es el mecanismo ideal de toma de decisiones. No lo es y no lo ha sido jamás. Los problemas requieren análisis racionales y determinación para afrontarlos; no palabrería y comités. Toda solución perjudica a alguien: gobernar consiste, también, en darlo por descontado y hacer lo que hay que hacer.

- No está de mas recordar de dónde venimos. De unos cuantos profesores de la república que creían en que un mundo mejor era posible. Un mundo en el que hombres y mujeres fueran libres y tuvieran los mismos derechos. Un mundo en el que cualquiera tuviera la oportunidad de una vida mejor si estaba dispuesto a pelear por ello. De un puñado de carpinteros y amas de casa con mandil de cuadros que compartían unos ideales de progreso, justicia y libertad, responsabilidad y austeridad que siguen plenamente vigentes, aunque Pepiño Blanco y Leire Pajín -entre muchos otros- no tengan noticia de su existencia.

En realidad lo sustantivo del asunto es eso: no olvidar de dónde venimos para ser capaces de dirigirnos hacia alguna parte.

Y no es imposible aunque tantas veces lo parezca.

PD. Ante el éxito de público y crítica de ayer, adjunto una nueva foto de Kate Beckinsale. Como bien sabe Esperanza Aguirre hay que darle a las masas lo que piden, así que, aunque me pese y enteramente contra mi ascética voluntad, tan ajena a estas tentaciones mundanas, ahí va:




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