martes, 14 de agosto de 2012

Distrito 34 (Barcelona)


Hubo un tiempo en el que yo era cartero y me colaba en los pisos de la zona alta de Barcelona por la puerta de servicio, con mi camisa amarilla fosforito y mi chaleco azul, sonriendo a las tetonas empleadas del servicio doméstico que hacían la comida medio despeinadas y con la cofia abarloada al cogote por el calor y, de paso, a las jovencitas latinoamericanas de ojos oscuros que paseaban en carrito al niño de los señores arriba y abajo por la calle Enrique Jiménez mientras discutían con su último novio por teléfono.

Éramos unos treinta compañeros en el Distrito 34 de la calle Santa Amelia. Hace muchos años que no voy por allí, pero recuerdo como si fuera hoy a Sergio, un individuo cubista y perico; a Jose -mi compañero, un chico extremadamente educado de Hospitalet que antes había trabajado en una tienda de ropa-; a Ángel, de Torrelavega, que también fue mi compañero y se fue a Tarragona; a Merche, una hermosa morenaza asturiana con ojos de gata que estudiaba derecho; a Cristina, que años más tarde repartía en la calle Calvet; a Pancorbo y a su compañero Braulio, un muchacho de Gavá con gafitas y aires de cartero protopijo; a Jordi, que era tirador con arco; a Lucía Aguilar, que también fue mi compañera en la ruta del barrio 10 (Eduardo Conde- Pasaje Claudio Güell- Pasaje Roserar -Manuel Girona- Bosch y Gimpera - Liceo Francés- Club de Tenis - Calle Caballeros 71 a 86); a Rosa, una chica fantástica que al poco tiempo se fue a trabajar a una oficina en Gran de Gracia y su compañera Rosario, que era valenciana; a Carlos Bellosta que era aspirante a director de cine y se había echado novia, una cartera de moto pelirroja muy guapa y a un chico apodado "purito" que en la época en la que yo me fui había enfermado de leucemia.  Y, como no, a mi jefe Luis Peñafiel, un individuo de modales algo primarios -la necesidad hace la función y esa función era imprescindible en aquella selva- pero con el que no tuve mayores problemas y que, además, para mi sorpresa, se conmovió muy sentidamente el día en que le comuniqué que había aprobado otra oposición y dejaba la oficina.

Aquel trabajo era bastante desesperante por lo que tenía de mecánico -clasificar cartas durante horas como un autómata está bastante lejos del ideal de realización personal de la civilización occidental- y, sin embargo, luego, cuando uno salía a la calle a repartir el correo, era hermoso como pocos: hablabas con la gente, saludabas a los porteros de las fincas, acababas bastante pronto, tomabas algo con los compañeros y volvías a la oficina con una reconfortante sensación de trabajo acabado que no he vuelto a experimentar en ningún otro lugar.

Luego la cosa empezó a cambiar: Alberto Nuñez Feijó, el actual presidente de Galicia, con la impagable pero seguramente muy bien remunerada colaboración de UGT y Comisiones y la única y valerosa oposición de la CGT, decidió convertir Correos en una empresa pública -como paso previo hacia su futura privatización- y el aire empezó a tornarse irrespirable para los funcionarios, que empezamos a ser vistos como una especie que había de ser exterminada costara lo que costara.

Años más tarde, cuando yo ya trabajaba en el Ministerio de Industria, empezaron a llegar en oleadas compañeros de Correos que aprovechaban los concursos de traslados para escapar. Unos años antes eso no era posible: en cada concurso se excluía a los funcionarios de Correos, así que para irme no tuve más remedio que hacerme auxiliar administrativo por oposición (turno libre) y empezar otra vez de cero (de hecho como auxiliar administrativo cobraba menos que como cartero, así que empecé desde menos de cero). Por suerte ascendí a administrativo pronto (me reconocieron el tiempo de antigüedad en correos, así que sólo fui auxiliar algo más de un año.

Con todo, me lo pasé bien en Correos. Aprendí muchas cosas y desaprendí unas cuantas que yo creía verdad y que no lo eran en absoluto. Nunca volví a ver a ninguno de mis compañeros, aunque muchas veces me propuse regresar para hacerles una visita.  Pero en mi caso mi timidez congénita siempre acaba imponiéndose cuando se trata de regresar al pasado y, lo que es peor, a poco que me descuide, resulta fácil de confundir con la soberbia, como si ser funcionario de hacienda fuera mejor que ser cartero, notario o sexador de pollos.

El único recuerdo que me llevé de la oficina fue un elefantito rosa de peluche, lleno de polvo, que estaba colgado encima de los casilleros del barrio 10. Algún cartero o cartera debió dejarlo allí abandonado y a mi me pareció que era como una especie de mensaje del pasado que iba dirigido a mí, así que el último día me subí a una silla, lo descolgué, me lo llevé a casa, lo lavé a fondo y, una vez limpio, lo tuve colgado de una estantería de casa cogiendo polvo (se ve que su sino era ese) como símbolo de una época de mi vida que ya iba quedando atrás. Debió extraviarse en alguna de las mudanzas y hace mucho que le he perdido la pista.

Ninguno de mis ex-compañeros leerá esto -ni los que he nombrado ni otros cuyos nombres no recuerdo ahora mismo pero cuyo rostro no he olvidado,- pero me gustaría enviarles desde aquí un fuerte abrazo en memoria de un tiempo que ahora parece poco menos que el paleolítico inferior pero que, en realidad, fue anteayer mismo, en la España en la que alquilar era de imbéciles, todo el mundo se compraba piso alegremente, nadie había oído hablar de la crisis ni de la prima de riesgo y todos teníamos un poco menos miedo a vivir.

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