domingo, 6 de enero de 2013

Parejas



Dicen en el ejército que la pareja es la unidad mínima indivisible de una escuadra de combate. Por lo visto -tengan en cuenta que yo me declaré objetor de conciencia así que, llegado el caso, no se tomen al pie de la letra lo que voy a decir- si uno se ve solo en el campo de batalla lo que procede es poner pies en polvorosa (que es lo más prudente en estos casos) o, si hay alguno a mano y uno es un necio, buscar un socio con el que ir a dar muerte al enemigo, a hacer que te maten o a las dos cosas sucesivamente (en este caso el orden de los factores si altera el producto).

El Papa -lo escribo con mayúsculas para que no haya ningún listo que concluya de forma apresurada que mi padre tenía un puestecillo en un mercado ambulante- también opina que la pareja es el fundamento indivisible del orden social y de no sé de qué otras cosas más (no es tanto que se explique mal, qué también, porque el hombre ya tiene una edad; como que yo no le presto mucha atención, ya me perdonarán). Eso si, al Papa le gustan las parejas, pero con matices y especificaciones, porque como es muy escrupuloso y metomentodo no acepta ni parejas de hombres -como aquella de la Guardia Civil que se escondía detrás de los cañizos del río para hacer horas extras cuando yo era niño-, ni de mujeres -la muy manida pareja de monjas lesbianas, por poner un ejemplo que está en la mente de todos-.

Echando la vista atrás me doy cuenta de que eso de que la pareja es la unidad mínima de combate sólo empecé a entenderlo cuando mis amigos empezaron a contraer matrimonio. Lo que hasta entonces habían sido apacibles misiones de reconocimiento del terreno con algún que otro incidente aislado se convirtieron, en muchos casos, por obra y gracia del sacramento matrimonial, en cruentas batallas a campo abierto en las que nadie parecía dispuesto a entregar las armas ni a hacer prisioneros. Luego, además, venían los hijos y ahí la cosa ya se despendolaba del todo: los mirabas y no podías evitar pensar que estaban juntos porque no tenían ni las fuerzas ni la voluntad necesaria como para arrancarse aquella costra de resignación y hastío que les había ido invadiendo lentamente, como lo hacen los líquenes amarillos en la corteza de los manzanos viejos.

De todas formas, digan lo que digan, con combate o sin el, la verdad es que la vida se ha hecho para ser vivida en pareja. Si en compañía ya tiene, ciertamente, sus mas y sus menos, la existencia en solitario es como para echarse a llorar. Por eso cuando veo a algún individuo comiendo sólo -y ya no digamos cenando- en un restaurante me dan ganas de adoptarlo de la pena que me da. Por esa y por otras muchas razones me permito recomendarles que, si tienen oportunidad de hacerlo, se emparejen. Nunca es tarde y la dicha siempre es buena y si no lo es, un, dos, tres, responda otra vez: a intentarlo de nuevo y a ver que cartas salen esta vez en la mano.

Decía  Woody Allen que el segundo matrimonio es el triunfo de la esperanza sobre la experiencia. Con la perspectiva que el tiempo y algún que otro avatar personal me provén del asunto, creo que Allen, como siempre, tiene más razón que un santo, sólo que la moraleja no es exactamente la que parece a primera vista: como sin esperanza la vida no vale un pimiento no hay más remedio que echarle huevos, sobreponerse a la adversidad, levantarse, sacudirse el polvo de la ropa y volver a intentarlo.

No hay otra.

O, mejor dicho, siempre la hay, aunque a veces no lo parezca.

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