martes, 5 de marzo de 2013

La vida nos dobla como si fuéramos de alambre


Esta noche he vuelto a ver El Verdugo. Al margen de su obvia calidad cinematográfica, siempre me sorprende hasta que punto la película es un compendio de todo lo malo y de todo lo bueno que nos ha ocurrido durante estos cincuenta años: el desarrollismo y sus pisitos con vistas, la envidia corrosiva tan característica del español medio, el instinto de superviviencia y la incultura y el nihilismo arrodillados ante el altar del dios dinero.

Sin embargo, lo que me interesa de la película no es eso, ni el hecho de que en su tiempo fuera un valiente alegato contra de la pena de muerte, sino algo que juzgo más sustantivo y menos evidente; algo que el propio director, Luis García Berlanga, resumió de forma magistral:

"Que el protagonista de mi película acabe ejerciendo el oficio de verdugo es lo de menos, la elección de este oficio pertenece a la anécdota, al afán de buscar cierta singularidad. Lo importante en la historia es, a mi juicio, la facilidad con que el hombre contemporáneo acaba cediendo a los condicionamientos sociales, se traga inconscientemente -o quizá no- los elementales cebos que las circunstancias le tienden y queda así, sujeto a las garras de un estado de vida que no es el que íntimamente habría deseado. Al principio, adolescentes, soñamos un poco, nos aceptamos libres; basta la seguridad de un sueldo, de un alojamiento, algo de eso que creemos amor y un gran miedo a todo lo demás, para que uno, ya sometido a la colectividad, acabe en lo que es peor, vivir comprometido: hacer algo, bueno o malo, pero en definitiva diferente de aquello que habíamos querido hacer."

Uno de los primeros en darse cuenta de la carga de profundidad del guión fue el embajador franquista en Roma, mi homónimo Alfredo Sánchez Bella, quien, nada más proyectarse la película en el Festival de Venecia, con evidente acierto analítico y bastante mala leche, se apresuró a remitir una carta al entonces Ministro de Asuntos Exteriores en la que definía la película como:
 "uno de los mayores libelos que
jamás se han hecho contra España, un panfleto
político increíble, no contra el régimen, sino
contra toda una sociedad".
 
Tenía razón: la película es un alegato contra toda la sociedad, no contra un régimen en particular. Por eso lo que más impresiona hoy de ella no es la crueldad de la pena de muerte, ni la mortecina opresión del régimen franquista que lo sobrevuela todo. Lo que de verdad asusta, por su cercanía y su proximidad, porque nos concierne directamente a todos como seres humanos, es la constatación del terrible poder corruptor de las circunstancias; el mismo, por cierto, que unas décadas antes había convertido a gentiles ciudadanos alemanes en engranajes de la máquina  criminal del holocausto.
 
Sonreímos al ver a Jose Luis (Nino Manfredi) leer El Caso con el Código Penal en la mano o cuando media en peleas callejeras para evitar que acaben teniendo resultados funestos que requieran sus servicios, pero mientras lo hacemos no podemos dejar de sentir en nuestra boca el mismo regusto amargo que él experimenta en la película. Lo terrible es que hace mucho que ese sabor nos es familiar: sabe a resignación y comodidad, a así son las cosas y a qué se le va a hacer y a esa embriagadora e hipócrita moral del superviviente de la que todos nos vamos revistiendo un poco más día tras día.

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