domingo, 2 de marzo de 2014

De expedientes y poetas



Tener una plaza de funcionario es, dice todo el mundo con algo de saña-envidia-rencor, una suerte en los tiempos en los que vivimos. Y no es que lo digan, es que, a poco que contemplemos desolado paisaje laboral español,  con ese aire de páramo leonés, tenemos que concluir que ser funcionario es, en efecto, una suerte.

Sin embargo, esa afirmación, aunque obvia desde un punto de vista estadístico, es, en el fondo, falaz. Suerte es que te toque el gordo de la lotería o que Scarlett Johanson sufra una enajenación mental transitoria y decida hacerte una felación un miércoles por mañana a la hora del desayuno. Suerte es aquello que depende enteramente del azar y de los oscuros designios del destino. Y convertirse en funcionario no es algo que ocurra de esa manera, al menos para el común de los mortales, que ni tenemos carnet político ni contamos con padrino que nos cobije.

No voy a perder tiempo en considerar la mayor o menor dificultad de aprobar las oposiciones, ni a subrayar la evidencia de que durante mucho tiempo los funcionarios hemos sido los parias que veían como a su alrededor, por doquier y casi por arte de magia, florecían millonarios de nuevo cuño que no daban un palo al agua y no sabían hacer la o con un canuto. Todo iba viento en popa y a nosotros, como si nos hicieran un gran favor, nos subían el sueldo un dos por ciento.

No me referiré ahora a nada de eso, que, pese a quien le pese, es un hecho del tamaño de las pelotas de Felix Baumgartner, si no a algo a lo que no suele hacer mención. Los funcionarios somos, por naturaleza, aversos al riesgo. Yo, de pequeño, veía en el Marca las inserciones publicitarias de la Academia Adams que anunciaba la convocatoria de no sé cuántas plazas de funcionario y me imaginaba siendo uno de ellos, en una oficina cualquiera, más o menos tranquilo y con un sueldo a medio camino entre precario y razonable, pero ajeno, eso si, a las tribulaciones y las contigencias de la vida empresarial y a sus jefecillos con inquietantes inclinaciones psicopáticas. 

En otras palabras: yo, a cambio de no aspirar a hacer fortuna, pretendía una estabilidad que ahora, al mudarse las tornas y sobrevenir la crisis, es objeto de envida por parte de los muchos millones de trabajadores que carecen de ella. Gran parte de ellos optó -y no hay nada reprochable en ello- por abandonar los estudios para trabajar o por hacer carrera en la empresa privada y, sin embargo, ahora todos los que han sacado malas cartas de la baraja y hasta aquellos que teniéndolas buenas las han jugado mal, se vuelven contra nosotros y nos apuntan con el dedo como en la canción de Alaska. 

Los funcionarios, queridos amigos, sólo somos culpables de un pecado: el de ser conservadores, condición que, como señaló el maestro Borges, no deja de ser una benévola forma de escepticismo. Un pecado romántico, por otra parte, porque nada hay más candoroso que encerrarse durante meses o años en una habitación, en la sola compañía de unos libros de un grosor que haría palidecer a cualquier amanuense, con la secreta esperanza de que algún día lo allí aprendido acabará por sacarte de pobre. Y todo eso para acabar destinado, si todo va bien, en una mugrienta oficina de una remota localidad de la península.

En cierto sentido todos los funcionarios tenemos un algo de poetas, porque un día ya lejano abrazamos, casi en secreto y en completa soledad, una causa de bastantes renuncias, muchos peligros, y resultado tan incierto como la de vivir a base de versos. No en vano esta, la de funcionario, fue la forma de vida que adoptaron durante décadas escritores como Pessoa, Kafka, Juan Rulfo, o Kavafis, quien trabajó treinta años en una oficina de aduanas.

La analogía no es tan casual como parece. En la edad de oro de la poesía china, que se remonta a la Dinastía Tang (618-907) se produjo una eclosión literaria de la mano de más de 2000 poetas. La razón de ese fervor poético es que en los exámenes para acceder a la administración se exigía una rigurosa habilidad para la composición literaria. El dominio de la escritura distinguía a la élite funcionarial y por eso era habitual que el funcionario imperial compatibilizara su empleo en la gigantesca burocracia imperial con la actividad poética.

Lo que nos lleva a otro poeta chino, Yuan Tsen Tsai (1716-1797), quien, según informa el propio Kafka, “hizo  una brillante carrera al servicio del Estado”. Tsai advertía en uno de sus poemas de las desventajas conyugales de escribir de madrugada, costumbre a la que tantos somos adictos y que nos ocasiona no pocas reprimendas cuando nos echamos novia:

En la noche fría, absorto en la lectura
de mi libro, olvidé la hora de acostarme.
Los perfumes de mi colcha bordada en oro
se han volatilizado ya, el fuego se ha apagado.
Mi bella amiga, que hasta entonces a duras penas
había dominado su ira, me arrebata la lámpara
 Y me pregunta: “¿sabes qué horas es?”


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