viernes, 7 de marzo de 2014

La guerra


 
La angustia de las madres conmovía a Abraham Lincoln, que poseía un profundo sentido ético de la acción política (bien distinto al de Bárcenas y al de los oscuros destinatarios de sus sobres). El 21 de noviembre de 1864 escribió la carta más conmovedora y acaso la más famosa de su vida, dirigida a Lydia Bixby, una madre de Boston que, según los archivos militares, acababa de perder a sus cinco hijos en la guerra de secesión. La Universidad de Oxford conserva en una de sus paredes una copia. La historia se refiere también en la película de Spielberg “Salvar al soldado Ryan”. La carta es la siguiente:

Estimada señora: 
Se ha señalado a mi atención de archivos del Ministerio de Guerra, un informe del general de Massachussets, según el cual usted es madre de cinco hijos que han perecido con gloria en el campo de batalla. 
Se lo fútil e infructuosa que resultará cualquier palabra mía que intente aliviar su profundo pesar ante tan abrumadora perdida, pero no puedo sino ofrecerle el consuelo que tal vez pueda hallar en el agradecimiento de la Republica por la cual inmolaron sus vidas. 

Ruego a nuestro Creador en los cielos que alivie la angustia de su aflicción y quede para usted solamente la memoria de sus seres queridos y el profundo orgullo de haber ofrecido tan incomparable sacrificio en el Altar de la Libertad. 

Atenta y respetuosamente. 

Abraham Lincoln

De la carta me gusta la excelente redacción, que ninguno de nuestros políticos actuales podría aspirar a imitar ni aunque todos ellos regresaran durante veinte años al colegio del que nunca debieron haber salido. Y de la película recuerdo un detalle en particular: antes de que el general Marshall lea la carta, tres de sus subordinados alegan que buscar al Soldado Ryan no tiene sentido, porque nadie sabe en que lugar del frente ha sido arrojado en paracaídas y, además, dadas las circunstancias, es muy probable que esté muerto. Al acabar de leerla, el general, mirándoles fijamente, afirma que está vivo y que van a traerlo a casa. En este instante los tres, al unísono, saludan militarmente y aceptan la orden.

Por lo demás, la guerra no es, como la gente suele pensar, la encarnación del mal. Hacer el mal es indeseable y resulta reprobable en cualquier circunstancia. En cambio la guerra, a veces, es tan indeseable como imprescindible: lo fue la segunda guerra mundial y lo fue la guerra de secesión americana. Eran dos guerras que había librar y que, además, era preciso ganar para que la civilización derrotara a la barbarie, aunque esa victoria sea siempre frágil y vacilante y esté llena de claroscuros, como cualquier forma de progreso y como cualquier otra obra humana compleja.

El pacifismo, así en abstracto y como absoluto, me ha parecido siempre una forma de infantilismo rayana con la debilidad mental, un ejemplo de cómo el pensamiento débil anda siempre por ahí, no muy lejos de cualquiera de nosotros, al acecho de sus víctimas, arropado sigilosamente bajo unas cuantas capas de buenismo,  pereza intelectual, tópicos y tontería.
 

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