martes, 28 de octubre de 2014

Ausencias



En la sala VIP del aeropouerto de Stansted hay una fotografía de Richard Tuschman que replica uno de esos cuadros de Edward Hopper en los que aparecen seres solitarios, inermes, abrumados por el peso de una existencia que les sobrepasa y a la que no son capaces de resistirse, como si en algún momento se hubieran resignado a dejarse arrastrar río abajo por la corriente. Es cierto que hay también ventanas abiertas por las que se filtra la luz y el aire de los sueños y hasta la esperanza de otra vida o una incierta posibilidad de redención, pero, de algún modo intuimos que un destino fatal sobrevuela la escena, que la decisión, sea cual sea, ya está tomada y que, por alguna razón, no hay esperanza: nunca cruzarán al otro lado, nunca tocarán la luz con los dedos.

Fue allí, en aquella sala de aquel aeropuerto, donde te conocí. Era finales de febrero y estabas sentada, como esperándome sin saber que venía, con las piernas dobladas y el bolso entre las manos, con un aire de adolescente tímida y morena de casi metro setenta. Llevabas un abrigo de colores y unos zapatos raros que no llegaban a ser de tacón del todo. En los dos años siguientes recorrimos juntos media Europa y aprendí que tu boca tenía el sabor de las lágrimas de los sauces que lloran sobre el río Moldava y que tus ojos eran inmensos, como la luna que saluda a los barcos mercantes en alta mar. Cuando estabas contenta tu risa estallaba y salía volando sobre los tejados como un puñado de arena arrastrada por el viento y yo, que te miraba como un niño mira una bolsa de canicas de colores, no podía imaginar nada más hermoso ni más dulce.

Te fuiste y muchas veces me prometí que no volveríamos a vernos, pero acabé aprendiendo que, por más que intentara convencerme de lo contrario, tu recuerdo no iluminaba el vacío y que soñar contigo no apagaba la distancia. Por eso una y otra vez regresaba, siempre regresaba, al manantial de tu ternura, a la espesura de tu respiración, a la breve inmortalidad de nuestros abrazos, al reloj que a cada latido descontaba los segundos entre cuatro paredes, a la memoria, ardiente y resignada, de lo que un día soñamos que seríamos, a veces casi fuimos a escondidas y de lo que jamás llegaríamos a ser del todo. 

Puede que nunca hubiera esperanza y puede que siempre estuviera sólo en aquella habitación. Quizás eras sólo un fantasma, quizás Hopper tenía razón y siempre estamos solos, esperando algo que no va a ocurrir, algo que ni siquiera sabemos qué es. No lo sé. Y nadie lo sabe. 




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