jueves, 20 de noviembre de 2014

Aires del sur



No me gusta el flamenco. De alguna forma me hace regresar al sonido monocorde de la televisión en blanco y negro de mi infancia y a un paisaje de señoras dando gritos en traje de lunares, como si estuvieran tratando de impedir que alguien les robara una partida de melones. Esa malquerencia mía es -a qué negarlo- el resultado de mi enorme falta de cultura musical que, mal que me pese, ya no alcanzaré a remediar en lo que me queda de vida y del azar, que me trajo al mundo demasiado lejos del Guadalquivir, en lo más norte del norte, donde los aires flamencos sólo se asoman alguna improbable tarde de otoño en la que el viento sur asciende por la meseta, remonta las afiladas estribaciones de los Picos de Europa y se cuela por las ventanas tendidas frente al mar Cantábrico, para alegría de los niños que abren los brazos y se dejan mecer por el aire caliente, de los viejos que respiran hondo para que se les sequen los líquenes de los pulmones y de los castaños, que entre susurros van dejando caer su pesada carga en las cunetas de los caminos.

Y, sin embargo, a pesar de todo eso, cuando escucho a Paco de Lucía no puedo evitar emocionarme. Paco representa, para mi, la más pura encarnación del genio, de la capacidad para interiorizar las reglas y, a continuación, dejarlas atrás para crear algo nuevo, algo que uno no sabía que podía hacer, algo que todo el mundo creía que no podía ser hecho, algo que no se parece a ninguna otra cosa y que un instante antes parecía, simple y llanamente, imposible.

El genio, esa insólita capacidad de trascender lo que somos, lo que sabemos y lo que sentimos por medio del arte y de la ciencia, es lo que de verdad nos distingue de las demás bestias que corretean, vuelan y se zambullen a lo largo y ancho de este planeta. No es la risa, ni la capacidad de amar como a veces se afirma con ligereza: es ese algo que no tiene nombre y que está en los dedos de Paco de Lucía, en los ojos de Einstein fijos en una pizarra en la que la energía, de pronto, es igual a la masa por la velocidad de la luz al cuadrado, en Miguel Ángel rodeado de ángeles en un precario andamio de la Capilla Sixtina, en Darwin desafiando a los falsos dioses de todas las religiones y alumbrando las leyes de la selección natural que nos han traído hasta aquí, en Newton y su incesante gravitación universal, en los solitarios Nighthawks de Hopper, en Pasteur revelando a nuestros más antiguos y mortíferos enemigos, en Borges, García Márquez y Vargas Llosa, que volvieron a descubrir un continente con palabras y en tantos otros que se asomaron al inesperado lugar en el que el arte y la ciencia se dan la mano, en el límite en el que convergen verdad y belleza.

PD. En Asturias el viento seco del sur, ese que los alemanes conocen como foehn o föhn, es nuestro airín de les castañes, por ser propio de esta época del año. Los asturianos, es cosas sabida, no vamos a recoger castañas como el común de los mortales, "na seronda" (en otoño) vamos "a la gueta" y no les asamos, les "amagostamos" y les acompañamos con "sidra del duernu".

PD2. Cada elemento químico posee su propia firma de luz: sus átomos emiten luz en longitudes de onda específicas generando así rastros espectrales que son únicos en el universo. Esa revelación, que nos permite saber de qué está hecho el corazón de las estrellas más distantes, es ciencia y, también, por supuesto, poesía.

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