miércoles, 8 de abril de 2015

Luces y sombras de Grey




El mejor análisis de ese fenómeno llamado 50 Sombras de Grey lo he encontrado en el trabajo de una socióloga, Eva Illouz. En su libro Erotismo de Autoayuda (que les recomiendo encarecidamente), esta profesora franco-israelí de la Universidad Hebrea de Jerusalén -que lleva dos décadas investigando los efectos del modelo capitalista en nuestra forma de sentir y de amar- argumenta que para que cualquier libro se convierta en un éxito de ventas debe partir de una contradicción, de un dilema o de un problema social real y ofrecerle una solución simbólica e imaginaria que resulte gratificante y liberadora.

El problema social real del que parte 50 Sombras es el del machismo. En nuestro mundo las mujeres inteligentes que desean tener éxito, dinero, reconocimiento o fama no tardan en darse cuenta de que lo tienen mucho más difícil que sus colegas masculinos y de que, incluso cuando lo merezcan más que ellos, no les resultará fácil lograr sus objetivos. No saben exactamente por qué, pero miran alrededor y lo que ven es un muro casi imposible de escalar: con contadas excepciones los miembros de los consejos de administración son hombres, el emprendedor que crea una empresa de éxito y se hace millonario es invariablemente un hombre, el piloto del avión (incluso el piloto que estrella un avión) es un hombre, quien pronuncia los discursos de la Real Academia es casi con toda probabilidad un hombre, quien sale en los periódicos inaugurando una autovía es un señor con bigote y el presidente de la constructora que le soborna (quiero decir le subvenciona, quiero decir que le gratifica sin ánimo de lucro), por supuesto, también lo es.

Entonces llega un punto en el que resulta evidente que si eres mujer no vas a conseguirlo a menos de que dispongas de habilidades excepcionales y, además, hagas un esfuerzo titánico y como eso no está al alcance de todo el mundo el libro te ofrece una solución mucho más accesible: incluso tú, si, tú, que no eres nadie especial, que ni siquiera eres guapísima, que no procedes de una clase social alta ni tienes un talento especial, tú, que no eres más que una entre tantas, puedes seducir a un hombre maravilloso que te servirá en bandeja la riqueza y el poder que tú no puedes conseguir por tus propios medios (viajes en helicóptero incluidos), a cambio, eso si, de que aceptes que de cuando en cuando serás tratada como se trata a un animalito corto de entendederas que precisa adiestramiento y reeducación.

Se trata de un cuento de hadas bastante simple: hombre rico, guapo y culto (si hasta toca el piano!) se enamora de chica normal. Esa normalidad resulta esencial porque abre la puerta a una doble ficción: la de que a cualquier mujer le puede ocurrir algo así y la de que se puede cambiar el carácter de un hombre y establecer lazos perdurables con él, aunque ese hombre sea un abusón con inclinación al sadomasoquismo y con más cuerdas que un capitán de fragata. 

Por eso es también una nueva versión de la fantasía de la redención amorosa, el mito romántico que les susurra a las mujeres de toda edad y condición que una chica enamorada es capaz de convertir por arte de ensalmo a un abusador en un caballero, a un truhan en un señor, a un mendigo en príncipe, a un tarado con inclinaciones violentas en un marido modelo, por mucho que la experiencia y los telediarios nos indiquen que, con bastante probabilidad, esa historia no acabará con una feliz ingesta de perdices de cuento, sino con una orden de alejamiento y un parte hospitalario de lesiones.

Que en pleno 2015 un producto con un mensaje tan retrógrado arrastre a los cines a decenas de miles de mujeres enfervorecidas nos dice algo que quizás preferiríamos no escuchar acerca de cuánto trecho queda por recorrer en el tortuoso camino de la liberación femenina… pero la vida es así, espléndida y contradictoria y aceptarlo nos recuerda que en este ruidoso teatro casi nada es lo que parece y que todas las casas tienen una habitación oscura al fondo del pasillo en la que, por muy buenas razones que nunca mencionamos, preferimos no adentrarnos. 


Las nubes son blancas
el cielo esponjoso
por favor Cristian
arráncame las bragas
y llévame al cuarto rojo.

(Poema apócrifo cuya autoría niego desde este preciso instante).



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