martes, 24 de noviembre de 2015

Breve historia de la España contemporánea





Hace unos años (que ahora parecen siglos) media España derrochaba cocaína y los mismos cuñados que años atrás habían suspendido la EGB por incomparecencia se tiraban el rollo en las comidas familiares decantando botellas de vino de treinta euros para refrescar sus calurosas noches de verano, euforia y putas. ¿Nunca han soñado con detenerse para siempre en el instante en el que la montaña rusa llega a lo mas alto, con conducir a toda velocidad por una carretera sin radares que no lleva a ninguna parte, con saludar a las ex-novias con la mirada resplandeciente y feroz del que una vez estuvo a punto de caer y ha sido capaz de regresar indemne del otro lado de la vida para contarlo? Pues todo eso y más era posible en esos días en los que el paisaje se salpicaba de urbanizaciones y clubs de alterne y en los que los únicos que no vendieron su alma al diablo fueron los que ya la tenían hipotecada.

Luego de repente (estas cosas siempre suceden así, cuando mejor se ha puesto la fiesta) todo se desplomó y vinieron los tiempos de la bilis, los escándalos de corrupción, la quiebra, la troika y los lunes al sol. Como toda situación mala es siempre susceptible de empeorar Don Mariano fue elegido presidente y empezo a poner orden y sensatez y muy pronto el país se volvió de un ordenado gris plomizo tan estupendo y sensato que no hay que descartar que más pronto que tarde se nos acaben quitándo a todos las ganas de respirar y tengamos que asistir al bochornoso espectáculo de contemplar como alguna de esas ancianas que, por razones inexplicables, madrugan para hacer la compra, son descalabradas por los aspirantes a suicidas que se arrojan por puro aburrimiento existencial desde lo alto de cualquiera de esos edificios construidos, con gran despliegue presupuestario y sin reparar en gastos, a mayor gloria de alguna estrella emergente de la arquitectura que con el tiempo acabaría siendo imputada por fraude fiscal.

Les voy a contar un secreto. De vez en cuando -no muy a menudo- sucede que por la noche, bajo las estrellas, perdemos el nombre que una vez nos dijeron que teníamos que reconocer como propio y regresamos a la nada que fuimos durante millones de años. Pero como ese acontecimiento ocurre en silencio y estamos acostumbrados al bochornoso estruendo de la existencia, cuando eso ocurre ni siquiera nos damos por aludidos y seguimos roncando como benditos, ajenos al vértigo del no ser que nos acecha. 

Así es la vida: una cosa maravillosa y provisional siempre al borde del precipicio, en la que nada de lo que creemos importante está llamado a perdurar y en la que sólo existe esto que vives ahora y que nunca pensaste que te llegaría a pasar precisamente a ti, que tenías sueños tan grandes y que estabas seguro de tantas cosas que ahora ni siquiera serías capaz de recordar. Solo con no olvidar eso nos evitaríamos muchos pesares y muchos sinsabores, pero sucede que -por algún mecanismo evolutivo que debe tener que ver con la necesidad de dejar atrás el pasado- estamos programados para comportarnos una y otra vez como auténticos débiles mentales, como burros atados a una noria que repiten una y otra vez los mismos errores y por eso estoy seguro de que, a poco que nos descuidemos, dentro de unos años estaremos otra vez en el Corte Inglés comprando caviar y jamón Joselito y brindando con Ribera del Duero porque esta vez si, esta vez -por fin- nadie podrá impedir que lo consigamos.



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