miércoles, 13 de enero de 2016

La casa de la hiedra japonesa








       Un poema de Joanna Wajs.


Me gusta este poema, porque versa sobre la segunda muerte de las cosas: aquella que tiene lugar cuando empiezan a desvanecerse también en nuestros sueños. Me ocurrió con mi padre, al que durante mucho tiempo veía en sueños y con el que hablaba como si todavía estuviera ahí, esperándome al lado de la carretera. Una noche, sin embargo, mi padre apareció como tantas otras pero al verle, en lugar de alegrarme, empecé a sentir algo extraño, una profunda tristeza: como si la noticia de su muerte hubiera ido recorriendo, una a una, todas las estaciones del cerebro hasta alcanzar lo más profundo del subconsciente y por eso al mirarle supe, dentro del propio sueño, que mi padre estaba muerto y, lo que es todavía más curioso, al tener la certeza de que era así, de que estaba muerto, su figura desapareció, como si se tratara de un actor que ya ha pronunciado su última frase en la película.

Algo parecido me pasó algunos años después con una ex-novia que, a primera hora de la mañana, me envió un SMS (entonces no existía el whatsapp) para advertirme de que tuviera cuidado, porque acababa de soñar que yo moría atropellado por un tren de mercancías entre tremendos estertores de dolor. Al principio me alegré del aviso (supongo que me pareció todo un detalle, una auténtica muestra de preocupación y afecto) y, por otra parte, tampoco me preocupé demasiado porque debía hacer como un lustro que no cruzaba ninguna vía, aunque luego, pensándolo bien, me di cuenta de que ya habían pasado más dos años desde que lo habíamos dejado y que por eso mismo con toda probabilidad lo que estaba ocurriendo es que yo había empezado a morir también en tus sueños. 

PD. Y, ya que estamos, también me dio por pensar que lo de los "tremendos estertores de dolor", por más que añadiera un toque dramático al asunto de mi muerte (que, como entenderán, para mi ya es un suceso lo bastante dramático de por sí), no era imprescindible especificarlo, salvo que fuese para joder un poco al prójimo. Por eso a los pocos días le contesté que esa noche yo había soñado, con gran lujo de detalles, que ella moría fatalmente atropellada por el autobús de la linea 8 que, casualidades de la vida (o no), es el mismo que pasa frente a su casa cada dieciocho minutos en ambos sentidos de la circulación y que a pesar de que los servicios de urgencia le realizaban, con la mejor tecnología disponible y una voluntad digna de elogio, toda suerte de operaciones de reanimación, al final, después de un dolorosísima y prolongada agonía, fallecía asfixiada por su propia sangre, que había invadido la cavidad pulmonar, entre horrendos espasmos y tremendas convulsiones que harían palidecer hasta a la niña del exorcista. Es curioso, pero nunca recibí el mensaje de agradecimiento al que yo creía haberme hecho acreedor con esa advertencia. Cosas que pasan, supongo.

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