No sabemos nada





Amor afoito (amor audaz)

Te doy mi amor si me lo sabes pedir, tonto,
no me vengas con trucos... para,
te conozco demasiado.
Te doy mi amor sin ninguna condición, por ahora,
pero tendrás que probar que vales más
de lo que has demostrado ser.

Si me sabes cuidar, ya sé tu destino,
Ayer leí la buenaventura, la suerte nos sonreirá, amor
Si quieres arriesgar, no temas a la vida,
Amor, no debemos temer a ese fuego.

Te doy mi amor a cambio de esa mirada dulce.
No resisto y tú lo sabes muy bien
Me da rabia ser así.
Todo en mí, amor, es tuyo, puedes tocar, no muerdo
Sabes bien que no miento, tonto
Mi defecto es ser demasiado verdadera.


A veces regreso al quebradizo laberinto de mi memoria para rescatar una frase que juraría que dijiste en alguna ocasión o que quizás me gustaría que hubieras dicho, porque, la verdad, eras tan guapa como poco dada a las efusiones verbales. No sabría decir cuánto hacía que había dejado de tener noticias tuyas pero recuerdo que un día de junio, justo cuando ya empezaba a despuntar el verano, un amigo me comentó que habías vuelto a Lisboa, añadiendo, para que la noticia me mordiera aún con más dientes, que no tenías intención de regresar a Barcelona.

De ti conservo, apenas, dos fotos borrosas, algunas palabras en tu portugués natal, unas cuantas cartas huérfanas que releo sin parar como si a fuerza de frecuentarlas pudiera atravesar los límites del papel y, forzando la materia, encontrar un mensaje secreto en el que acabes por revelarme que siempre estuviste enamorada de mi. Ah, y, también, un muy tangible gallo de Barcelos que me observa receloso y colorista con su ojo izquierdo mientras veo Mad Men, como si estuviera amonestándome en silencio por mis innumerables pecados.

Eu sou fadista, decías siempre. Y era verdad. Por eso de vez en cuando, escuchando algún fado alegre, la guitarra me arrastra hacia tus ojos y me acuerdo de ti, incluso cuando hacerlo no sería del todo conveniente. Pero ya se sabe que la historia es un residuo que nunca acabaremos de reciclar, un grifo que gotea obstinado en medio del silencio de la noche y por eso ya ni me extraño cuando el eco de tu voz reaparece, una vez más, en mis sueños como el verde que se repite, siempre igual y siempre diferente, en la liviana espesura de la selva.

Les confesaré un secreto. No importa lo que digan por ahí: por mucho que vivan nadie podrá explicarles nunca cómo se hacen las cosas de la forma en la que se supone que deberían hacerse. Por eso y porque -aunque no eras de muchas palabras- es verdad que eras fadista, esas veces en las que te acercabas como un gato aterciopelado y me cantabas al oído, assim baixinho, a mi se me olvidaba hasta el nombre de la madre que me parió, esa que, con toda probabilidad, nunca perdonaría semejante afrenta si llegara a tener noticia de ella, o, a lo mejor, sí, vayan ustedes a saber, porque una de las mayores y más divertidas paradojas de la vida es que no tenemos ni idea de en qué simas abisales del océano amoroso han llegado a bucear los seres que tenemos al lado, esos a los que más creemos conocer, esos de los que, en realidad, mejor y desde más cerca ignoramos todo.


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