martes, 31 de enero de 2017

De qué va La La Land





Estos días he tenido ocasión de discutir alguna que otra vez acerca de La la Land. Sin incurrir en ningún spoiler, mi argumento es que la película nos recuerda que, a pesar de lo que digan todos los poemas y casi todas las películas románticas, en el mundo real, el de los adultos que han dejado atrás la adolescencia, el amor NO está por encima de todo, que pase lo que pase el mundo sigue girando y que al final nadie en su sano juicio se muere de amor. 

En este sentido La La Land es una película romántica y antiromántica a la vez. Alegre y amarga al tiempo, porque aunque es cierto que es la vida la que nos concede la experiencia del amor, nadie puede negar que es también la propia vida la que se encarga de ponerlo en tela de juicio, de ir desgastándolo y al final, a veces, muchas veces, demasiadas veces, de arrebatárnoslo sin piedad. 

Y a pesar de todo... La La Land es pegadiza, luminosa y trasciende al cliché, porque nos arrulla con el embriagador aroma que sólo son capaces de percibir aquellos que un día amaron y fueron amados de verdad y eso, esa experiencia, aunque no siempre salga bien, aunque no sea capaz de sobrevivir a todos los avatares de nuestra atribulada existencia, aunque nos cause mil pesares, erosiones y pesadillas, es una de las mejores cosas que pueden llegar a ocurrirnos en esta vida y en todas las vidas posibles que puedan existir en este y en otros mil millones de universos alternativos.

Vayan a ver La La Land y déjense llevar. Al fin y al cabo, no se si lo recuerdan, pero el amor consiste en eso, en dejarse llevar.  


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