domingo, 22 de enero de 2017

Pájaros en la cabeza



Ser funcionario está bien por muchas razones que son casi un lugar común: no se cobra mal del todo, no te pueden despedir salvo que le pegues un cabezazo con alevosía y en horario laboral a tu jefa (y aún así habría que verlo) y el horario es (muy) bueno. Además, con algunas excepciones que me temo que todavía no llegan a regla general, no se trabaja demasiado, así que si eres funcionario sólo tendrás noticias de la existencia de ese fenómeno llamado karoshi a través de la prensa, porque la idea de morir de un derrame cerebral o un ataque cardiaco a causa del exceso de trabajo puede que esté de moda en Japón, pero resulta tan ajena a la realidad funcionarial como la honestidad al pensamiento político de Donald Trump.

En contrapartida ser funcionario es tan emocionante como cabalgar... a lomos de un caballo de madera carcomido por la polilla. Por muy bien que te propongas hacer tu trabajo no podrás dejar de observar que la mayor parte del tiempo estás condenado a navegar, cual moderno holandés errante, dentro de un océano de burocracia en el que la inercia sustituye casi siempre a la inteligencia y en el que la rutina lo llena todo de un halo de sinsentido y casi de irrealidad. Y por eso, por más que trates de no pensar en ello y de repetirte una y otra vez las ventajas de tu condición, si eres una persona inclinada al sentimentalismo, la locura o la rebeldía, de imaginación alborotada o con cierta curiosidad intelectual (o, peor, todo eso a la vez), ser funcionario, algunas veces, resulta perturbador, aborrecible y casi doloroso.

El otro día viendo La La Land (tengo que volver a ver esa película mañana mismo por lo civil o por lo criminal) pensaba en todos esos chicos y chicas que una noche de un viernes cualquiera, sepultados en el asiento de su automóvil en un autocine, sintieron el deseo incontenible de dejarse abrazar por la luz de la pantalla que les envolvía y que poseídos por una enfermedad de la que ya no habrían de curarse jamás, dejaron atrás, en una somnolienta estación de provincias del medio Oeste o de Castilla la Vieja, a un novio o una novia que les habían prometido amor eterno (un amor que era dulce y que además era verdad) y que, sin padrino ni certeza alguna, se subieron a un autobús con cuatro duros en los bolsillos para abrirse camino en el mundo del espectáculo audición a audición, casting a casting, sobreponiéndose a cada rechazo y a cada pequeño y no tan pequeño desprecio y a cada tarde en la que el teléfono tampoco suena a pesar de que esta vez, esta vez sí, tenían la corazonada de que lo haría.

Todo ese vértigo resulta, para un modesto funcionario de provincias como yo, tan lejano como los anillos de Júpiter. Es verdad que puedo verlos desde aquí con un telescopio de grandes dimensiones o buscar una fotografía de alta resolución en google, pero jamás podré acercarme flotando a través del vacío espacial, ese en el que la teniente Ripley nos enseñó que nadie puede escuchar nuestros gritos y contemplar su desconcertante belleza geométrica con mis propios ojos.  

Por eso esas veces en las que, sin saber cómo ni porqué, me acomete la certeza de que mi trabajo (fijo, estable, con buen horario y bien pagado, ya lo sé) será siempre este -esto, estos papeles que tengo aquí delante- tengo que hacer un esfuerzo considerable para no arrojarme por la ventana de mi despacho, cosa que, teniendo en cuenta que trabajo en un primer piso, difícilmente me ocasionaría la muerte pero que, casi con toda seguridad, me produciría lesiones que precisarían un periodo más o menos largo de convalecencia y la consiguiente baja laboral y ya se sabe que sólo hay una cosa peor que trabajar: estar de baja por estar enfermo de verdad, que es un estado lastimoso, magullado y precario muy parecido a la muerte en vida en el que uno empieza por dejar de afeitarse y acaba añorando hasta el café con los compañeros de trabajo, que ya es añorar. 

PD. Tiene que ser la leche condensada subir ahí arriba y que aquella chica con la que saliste en segundo de derecho, aquella que te dejó por un alopécico y prometedor aspirante a notarías, te vea levantarte y besar a tu última novia, que bien podría ser Blake Lively o Jessica Chastain, recoger un Óscar al mejor actor y al agradecer el premio, sin dejar de sonreír y, por su puesto, sin mencionar su nombre, decirle, qué, pequeña hija de puta, ¿por qué no me dices ahora eso que siempre me decías, aquello de que sólo tenía pájaros en la cabeza y que así nunca iba a llegar a nada, eh? Lo mejor de todo es que, en esa tesitura, no hará falta ni que lo digas, porque lo cierto es que ni siquiera te acordarás de ella y además, en cuanto te vea, ya lo pensará ella por los dos.



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