miércoles, 8 de febrero de 2017

De aquellos polvos...

Obama vs. Trump (la misma gente, casi)

Hace unos años se puso de moda el relativismo filosófico. Se trata de un árbol con varias ramas: el relativismo cognitivo, que defiende que no existen verdades universalmente válidas, porque toda afirmación depende del contexto en que se formula (todo es del color del cristal con que se mira) o el relativismo moral (no existen ni el bien ni el mal absolutos, se trata sólo de convenciones culturales), por citar sólo alguna de ellas.

El fenómeno caló hondo en las universidades españolas por lo que tenía de moderno y de antisistema, de ruptura con lo convencional y, por supuesto, de progre, a pesar de que algunos de los padres fundadores de la disciplina eran ni más ni menos que filósofos que, como Heidegger, habían simpatizado con el nazismo. Esa conexión no es extraña, porque si se piensa bien, en su forma más virulenta, el relativismo supone una exaltación de la irracionalidad que está a un paso del fascismo: que nadie contradiga lo que yo digo o hago en aras de la lógica, de la razón o de la bondad, porque esos conceptos son imaginarios y no pueden ser usados como argumento de defensa. 

La cosa alcanzo cotas delirantes. Les pondré un ejemplo, el de uno de sus "pensadores", Bruno Latour, que en 1976 publicó un artículo sobre la momia de Ramses II. Los científicos habían descubierto, analizando sus restos, que el faraón había muerto de tuberculosis. Latour argumentó que eso no podía ser, porque antes de que Koch lo descubriera el bacilo éste no tenía existencia real. ¿De verdad alguien en su sano juicio podía defender que una isla o una especie de pájaro no existen hasta que alguien les pone un nombre? ¿Un árbol que se cae no hace ruido si nadie lo escucha? ¿Si cierro los ojos Messi deja de existir? ¿En serio?

¿Por qué les cuento esto? Porque creo que ahora que la superstición, el oscurantismo, el fanatismo nacionalista y religioso se extienden como una mancha de aceite (una vez más) por el mundo, no está de más recordar que la razón ha sido, históricamente, el único valladar contra todas esas locuras y una doctrina filosófica que afirma que la verdad no existe y que todas las creencias son igual de respetables es justo el combustible que los fanáticos necesitan.

Piensen por ejemplo en Donald Trump. Hace unos días, cuando durante una entrevista en la NBC fue cuestionada acerca del hecho de que su Secretario de Prensa había mentido de forma flagrante (como ha quedado bien acreditado) al decir que el número de espectadores que habían asistido a su acto de toma de posesión había sido el más grande de la historia, su mano derecha, la ex-jefa de campaña y actual consejera Kellianne Conway, replico que lo que el portavoz había hecho era contar "hechos alternativos".

Hechos alternativos. Verdades alternativas. Dos y dos son cuatro, pero, si se acepta la teoría de los hechos alternativos, dos y dos también podrían ser dieciocho, sesenta y siete o nueve mil trescientos. ¿No perciben un olor familiar en este tipo de argumentos? En efecto, se trata del viejo relativismo que regresa: si todo es subjetivo, si la verdad no existe... uno puede defender cualquier cosa sin tener que tomarse la molestia de contrastarla con la realidad (más que nada porque... para los relativistas la realidad no existe). Y ni que decir tiene que eso viene que ni pintado cuando eres una auténtica máquina ambulante de mentir.

Los hechos alternativos son mentiras y es fundamental que no lo olvidemos a pesar de que hay mucha gente interesada en que lo hagamos. Y Trump es un repugnante mentiroso compulsivo con la inteligencia emocional de un niño malcriado de seis años. Y los que todavía le defienden son idiotas, protofascistas, racistas u oportunistas carentes de escrúpulos. Y yo, mucho me temo, voy a estar unos añitos sin viajar a Nueva York si no quiero acabar mis días disfrutando de los placeres de la técnica de ahogamiento simulado en algún recodo de Guantánamo. 




PD. Conocí personalmente a varios de aquellos muchachos relativistas, a la sazón profesores de la Universitat Oberta de Cataluña y la verdad es que a fuer de pedantes y redichos daban mucha risa. Tenían contratos temporales y cuando se convocaba "su" plaza se ponían muy contentos porque sabían que en el endogámico sistema universitario español la competencia de los candidatos de fuera de casa es casi imposible. Si cuestionabas la (in)moralidad de ese sistema de selección (que no era tal) te decían abiertamente que su puesto era suyo porque se lo habían ganado a pulso. Y punto. Vamos, que eran relativistas, pero en lo tocante a su puesto de trabajo lo eran más bien poco. Tampoco vi nunca a ninguno arrojarse por una ventana para demostrar que la realidad no existe y que todo es pura percepción. Algo me dice que en el fondo no eran tan idiotas como parecían.


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