viernes, 29 de enero de 2010

J. D. Salinger: ah... el horror... el horror... de la adolescencia...

Allá por el 6 de junio de 1944, entre los soldados norteamericanos que desembarcan en Normandía deambula un joven de 25 años que sólo tiene una obsesión: escribir. Sirve en la Cuarta División de Infantería y no le falta suerte: la resistencia nazi que encuentra en Utah Beach no puede compararse con la carnicería de Omaha Beach. Quizás por ese azar del destino sea hoy noticia la muerte de Jerome David Salinger, uno de los mejores escritores de la historia.


Ni el olor a muerte que invade la costa (a “carne humana quemada”, como dirá en una carta a su hija), ni los horrores y atrocidades que le rodean le impiden hacer cada noche, en un desvencijado cuaderno, las anotaciones que le permitirán seguir colaborando en revistas como Squire o The Saturday Evening Post, donde ya había publicado pequeñas piezas que lo han convertido en toda una promesa literaria.

Atrás quedan los días de su romance con Oona O’Neill, hermana del escritor Eugene O´Neill, quien luego será esposa de Charles Chaplin. Ahora sólo le aguarda el combate diurno y la escritura nocturna. En medio, la emoción de conocer a Ernest Hemingway, corresponsal en París y una notable influencia en su universo artístico (Hemigway reconoció de inmediato su asombroso talento narrativo).

Acaba la guerra y llega el vacio. La belleza, por intensa que sea, acaba por palidecer y los días se escurren como una gota de cera sobre el asfalto del mediodía. Imperdurable el amor; imposible hacernos entender por los demás, insoportable la vida. Por eso, Seymour, el enigmático personaje de una de sus obras, A Perfect Day for Bananafish, que acaba de volver de la guerra y parece reinsertarse de nuevo en el mundo familiar y afectivo, decide, intempestivamente, pegarse un tiro en la cabeza.

Acaso en medio de la cruda experiencia bélica, Salinger llegó a atisbar el estallido de las primeras frases del que sería, durante muchos años después de su publicación en 1951, el libro más robado de las bibliotecas públicas de Estados Unidos y su gran éxito: The Catcher in the Rye (“El guardián entre el centeno”):

“Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso. Primero porque es una lata, y, segundo, porque a mis padres les daría un ataque si yo me pusiera aquí a hablarles de su vida privada […] Además, no crean que voy a contarles mi autobiografía con pelos y señales. Sólo voy a hablarles de una cosa de locos que me pasó durante las Navidades pasadas, antes de que me quedara tan débil que tuvieran que mandarme aquí a reponerme un poco.”

Imposible suspender la lectura una vez iniciada. O al menos eso me sucedió a mi la primera vez que leí la novela (a los 13 o los 14), en la ya legendaria edición de Alianza Editorial, que, por cierto, no ha dejado de reimprimirse desde que apareció a finales de los años setenta.

¿La clave de su éxito? El talento que preside cada línea de la historia de Holden Caulfield, el adolescente que rememora en primera persona desde un hospital psiquiátrico y no siempre de forma muy fiable, los días posteriores a su expulsión del colegio. Un talento infinito que atrapa a jóvenes de todos los tiempos: a los que han dejado la escuela y a los que la soportan y se asoman a un mundo de hipocresía y mentiras; a los que han emprendido una gran aventura y a los que apenas se han atrevido a imaginarla; a todos los que hemos fantaseado con suicidarnos una noche cualquiera por razones que nunca llegaremos a entender del todo o hemos vivido una crísis emocional de cualquir tipo; a los que quieren llegar a ser grandes cosas en la vida y aquellos otros que, como el joven Holden Caufield, intuyen que todo es en realidad tan ridículo y estúpido que no hay otra que intentar ser lo que uno quiere ser en realidad. Por ejemplo, guardián entre el centeno:

“Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan en él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adónde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno. Te parecerá una tontería, pero es lo único que de verdad me gustaría hacer”.

Escritores como Salinger nos entregan un universo. Y ese universo, de una forma mágica y sorprendente, encaja con algo que sólo tu sabes que tienes dentro. Algo que chirría cuando todo queda en silencio. Algo que no acaba de encajar, de ir bien, de ajustarse con el orden del mundo, las fiestas, los bautizos, las celebraciones familiares y las sonrisas forzadas de esos compañeros de trabajo que tanto te quieren (o no).

Por desgracia, también te recuerdan que por muchas vueltas que le des y por muchas noches que te entregues al insomnio, jamás escribirás algo que sea, ni remotamente, tan bueno (salvo que seas Petisme).

Pero eso ya es otro cantar.

"I hope to hell that when I do die somebody has the sense to just dump me in the river or something. Anything except sticking me in a goddam cemetary. People coming and putting a bunch of flowers on your stomach on Sunday, and all that crap. Who wants flowers when you're dead? Nobody.”

J. D. Salinger.

2 comentarios:

  1. Creo que leere el guardian entre el centeno. Has echo que me interese por su lectura. Muchas Gracias.

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  2. El guardián entre el centeno

    PRINCIPIO

    Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, ….

    FIN

    ……D.B. me preguntó qué pensaba de todo lo que les he contado. No supe qué contestarle. Si quieren que les diga la verdad, no lo sé. Siento habérselo dicho a tanta gente. De lo que estoy seguro es de que echo de menos en cierto modo a todas las personas de quienes les he hablado, incluso Stradlater y a Ackley, por ejemplo. Creo que hasta al cerdo de Maurice le extraño un poco. Tiene gracia. No cuenten nunca nada a nadie. En el momento en que uno cuenta cualquier cosa, empieza a echar de menos a todo el mundo.

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