lunes, 26 de abril de 2010

Olores



Estos días he leido "Un antropólogo en Marte" de Óliver Sacks. El libro, excelente a mi juicio, explica la historia de varias personas que, a raiz de distintos accidentes neurológicos, experimentan una afección, si puede calificarse así, que desafía todo lo que creemos saber sobre el funcionamiento de la mente humana: un pintor que deja de ver el color pero no las formas, un ciego que recupera la vista y con ella la tristeza, una persona que reproduce de forma compulsiva en sus cuadros, con total exactitud, cientos de imágenes de su pueblo natal, tal y como era hace treinta años, desde el otro lado del océano... Historias, en fin, que iluminan minúsculos espacios de los vastas estancias de nuestra mente. Una mente en la que nada es lo que parece y en la que todo está absolutamente interrelaccionado.

Comenta Sacks que la música y, en especial los olores, están anclados a una parte muy primitiva de nuestro cerebro y que por eso quedan grabados con una viveza difícíl de igualar. Por lo que se refiere, en particular, al olfato la cuestión siempre me ha resultado evidente: cada casa tiene su propio olor y solo con ese olor, a ciegas, yo podría reconocer no sólo mi casa, sino cualquiera de las casas de mis amigos y conocidos. Y cualquiera de las personas importantes de mi vida. Y millones de cosas de las que ahora no tengo ni idea.

De hecho una de las peculiaridades del olfato es que opera en un plano inconsciente: no requiere, como la lectura o la música ningún tipo de esfuerzo de aprendizaje. Sin que nosotros lo sepamos cada olor viaja hasta lo más profundo de nuestra mente y define en ella una huella perdurable. De hecho, nos habitan miles de olores -es probable que muchos más- que no podemos evocar o que sólo podemos evocar muy limitadamente hasta que, por sorpresa, el propio olor regresa un día de forma casual cuando ni siquiera teníamos noticia de su existencia: el de la sidra nueva que empieza a fermentar en la botella, el del ozono que acompaña a las primeras gotas de la tormenta, el de nuestro coche nuevo, el del chocolate caliente, el del matadero municipal en el que trabajaba mi padre, el de aquel vagón de tren, el olor a mojado de un perro de caza, el de la tinta derramada, el de cada casa en la que he vivido, el de la ropa húmeda (a mugor, que decimos en asturias), el de las castañas sobre la chapa metálica de la cocina, el del mar desde la terraza, el de la piel desnuda, el de los jazmines que se abren por las noches, el del molino junto al río, el del desván de mi casa...

Con la música sucede algo parecido. Con la ventaja de que puedo colgar un video de Youtube para compartir con vosotros una canción que, por motivos que no hacen al caso y se remontan hasta el año 1984, nunca olvidaré. Todavía no hay vídeos de olores y no los habrá nunca -esto es, a mi juicio, fundamental- porque una canción es la misma para todos con independencia de lo que pueda llegar evocar en cada caso, mientras que los olores son algo estrictamente personal e intransferible, distintos para cada persona y diferentes en cada situación: como fogonazos dispersos e irreductibles de minúsculos episodios de nuestra vida, de instantes de nuestra existencia que creimos olvidados y que, sin embargo, nos habitan al acecho y en silencio.

2 comentarios:

  1. Olores de mi vida.

    El olor más querido y entrañable: el de mis hijos, sobre todo en sus primeros meses de vida.

    Los olores de la tierra: el olor de la hierba recién cortada, el olor de la tierra después del chaparrón, el olor de las flores silvestres, el olor de la fruta en los árboles. El olor a tomillo en el monte. El olor del mar Cantábrico.

    Olores perdidos que no se olvidan: el del perfume que utilizaba mi abuela. El del chocolate caliente que tomaba cada día.

    El olor más desagradable de mis recuerdos: el olor a Varón Dandy (colonia) que llevaba el cura de mi colegio.

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  2. …que cambian la vida.

    Coincidimos allí por casualidad. Su presencia me resultaba agradable. En aquel ascensor su olor se coló dentro de mí. Un abrazo y aquel olor envolvió mi cuerpo y me llegó al corazón.

    Olor. Ascensor vacío. Ausencia.
    Olor que no estuvo nunca más. Recuerdo que estará siempre.

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